Semblanza

Memorias de otros tiempos: Guillermo Prieto (1818-1897)

 

Yolanda Bache Cortés

Centro de Estudios Literarios

Instituto de Investigaciones Filológicas

 

El cronista memorioso: “Como en fragmentos [...] recorro mis recuerdos...”

José Guillermo Ramón Antonio Agustín Prieto Pradillo nació el 10 de febrero de 1818, en el Molino del Rey ubicado en la histórica villa de Tacubaya. Pocos días después del alumbramiento, José María Prieto Gamboa, María Josefa Pradillo y Estañol y su vástago se trasladaron a la Ciudad de México y establecieron su nuevo hogar en la Calle del Portal de Tejada núm. 5 –hoy uno de los tramos de Mesones–, donde residirían algunos años hasta que circunstancias familiares obligaron su regreso al Molino.

La antigua villa tiene un especial significado en la vida de Prieto: en ese lugar, el pequeño Guillermo disfrutó los primeros años cobijado por el amor de la familia; ahí probó el sabor amargo de la orfandad y vivió la dicha conyugal en dos ocasiones; la inexorable muerte visitó su morada; el reconocimiento público y la paz porfiriana le trajeron el sosiego para recuperar parte de un pasado que consideraba importante; en Tacubaya de los Mártires vio la luz por última vez, y allí reposará para siempre.

La reconstrucción del mundo infantil, la petite histoire de Prieto es el punto inicial de uno de los textos esenciales de la historia cultural, política y social del México decimonónico: a 112 años de su publicación, Memorias de mis tiempos, son un referente primordial para conocer y comprender las transformaciones que se dieron en el siglo XIX.

La autobiografía de Fidel

Datadas el 2 de agosto de 1886, publicadas póstumamente en 1906 gracias a la devoción de Emilia Golard, la joven viuda del prócer, y a la pericia de Nicolás León, el paciente editor, el legado de Prieto es un repaso memorístico que transcurre desde 1825 hasta 1853: un registro que preserva aquellos acontecimientos, presencias y lugares que consideró decisivos en una etapa de su larga vida. La azarosa existencia de Prieto, su extraordinaria capacidad de observación, su portentosa memoria y un consciente compromiso social son la huella indeleble de las valiosas carillas en las que destaca su personal interpretación del momento histórico que le tocó vivir. Los recuerdos que le vienen a tropel, testimonio decantado intencionalmente por este cronista por antonomasia, constituyen una selección propia que rescata sólo aquello que el memorioso quiso salvaguardar como un patrimonio para las nuevas generaciones, quid de toda la obra de Prieto:

Cuando adormido en ilusiones felices llego a considerar que estos articulillos, parto de mi humilde fantasía, pueden convertirse con el tiempo en objetos de utilidad y de interés; cuando el transcurso de los años les comunique el prestigio que tiene lo pasado y se consideren con la curiosidad que una medalla deforme o el idolilllo de tosco barro o como el del jeroglífico medio borrado en una ruina, entonces el fuego de la inspiración se apodera de mi alma, vuela suelta mi pluma, y en el horizonte inmenso de lo futuro tiendo la vista con íntima satisfacción (“Corpus. Año de 1842”, en El Siglo XIX, 6 jun., 1842; la cursiva es mía).

Las Memorias conjugan tres propuestas de lectura: a) una parte dinámica de sucesos que develan el tinglado político de un país ensangrentado, en el que la gesta heroica tan publicitada del “niño héroe” aparece como un hecho cotidiano y enaltece los sacrificios patrióticos de los héroes olvidados en la historia oficial; b) una galería anecdótica constituida por retratos –así los calificó él mismo–, que, lejos de presentar estereotipos, subraya la cotidianidad de la riquísima nómina de personajes que transitan por sus Memorias: con la exactitud de un litógrafo destaca fielmente la fisonomía de aquellos contemporáneos que tuvieron presencia significativa en su vida, cercanía que también le permite dar cuenta de sus manías, costumbres y malestares físicos –el desaseo corporal, la nula higiene bucal, las incomodidades gástricas…–; los afanes de los contertulios de la Academia de Letrán, detallados emotivamente por Prieto, son, sin duda, un capítulo toral del panorama literario del siglo XIX; c) la ciudad rescatada del pasado y cotejada con su presente: las calles y los callejones por los que transitan indistintamente los atildados esclavos de la moda y las damas más encumbradas, los léperos y las chinas, configuran el rostro de la sociedad de su momento. Las semblanzas de ilustres figuras –Francisco Ortega, el padre José María Marchena, el sastre Neuvramond, Juan Nepomuceno Almonte, el improvisado poeta Don José, el bizcochero José María del Río…– son presencias accesorias de un cuadro fidelísimo de la heterogénea metrópoli en que la farmacia suple a la botica; en que conviven cafés y atolerías, cantinas y pulquerías, y en la que aún permanecen casi intactas costumbres de antaño.

Una de las primeras sociedades literarias mexicanas

Salvo las primeras páginas de las Memorias en las que soslaya su intimidad, y aquellas otras en las que se exhiben las flaquezas humanas del ilustre memorioso, poco a poco Prieto confiere primacía a todo lo que atañe a su grupo social, constituido por los grupos literarios, políticos y sociales que conoció tan de cerca: es el “yo colectivo” de las tertulias de la Academia de Letrán, del desencanto político. El tono de las Memorias privilegia, de manera general, ese yo fusionado implícitamente en un nosotros.

El inventario memorístico preserva los cambios históricos, las transformaciones físicas y culturales de una urbe que transita entre la nostalgia del pasado y el tácito asombro de su presente, y perpetúa los lazos afectivos que permanecieron intactos a pesar de las diferencias ideológicas y la lejanía geográfica.

La lejana soledad: “¡Tiene más ansias la vida / tiene más sombras la muerte!…”

No solo las Memorias de mis tiempos es una lectura impostergable para conocer la historia decimonónica desde diferentes aristas: en diversos momentos y a causa de su filiación liberal, Prieto se vio obligado a trasladarse a distantes rincones de la República Mexicana y a cruzar el Río Bravo. A pesar del dolor y la soledad, de los sobresaltos en la lejanía, el cronista recogió en su inseparable cuadernillo sus impresiones de viaje de los lugares por los que transitó: educación, vida cultural, bares, paseos, moradas, demografía… todo fue motivo de interés durante su estadía en Querétaro, Cuernavaca, San Antonio, San Francisco, Nueva York…

A finales de julio de 1877, Guillermo Prieto visitó por segunda ocasión la ciudad de San Antonio de Béjar, en Texas; sólo va acompañado de su hijo Francisco y del general Benavides. La incómoda travesía desde Memphis, con una parada en Little Rock, dio pie para que, como era su habitual costumbre, Fidel compartiera el testimonio de las vicisitudes del periplo. Su firme convicción de un injusto acuerdo de anexión del territorio nacional por parte del vecino país del Norte fue acallada por considerar inapropiada la ocasión al encontrarse en suelo estadounidense.

La madrugada del 1° de agosto sorprendió al memorioso hurgando sus más profundas emociones: el cansado viajero se remontó once años atrás; la soledad de esa noche le hizo ostensiblemente dolorosa la evocación de los tiempos pretéritos en los que el ámbito familiar se filtraba inexorablemente en su corazón. La pena con la que había tenido que sobrevivir tantos años era indescriptible: Prieto calló lo que sentía y sólo dejaba correr el tiempo para que la vida transcurriera. El recuerdo es una fisura entre la cotidianidad y el dolor.

Un tropel de recuerdos le hizo más evidente la ausencia de María –la joven esposa fallecida ocho años antes– y la lejanía de los hijos. Prieto tenía 59 años y ya se consideraba viejo –¡todavía sobreviviría veinte años más, y aún no contemplaba dar forma a su legado memorístico! Amaneció; después de la obligada visita a su entrañable amigo el Doctor Cupples, emprendió el regreso al hotel Minger. Prieto se encontró con rostros conocidos y con indicios que le hablaban de la Patria lejana como “una fondita [que tiene el nombre de San Luis Potosí] en la que me llamaron la atención las banderas mexicanas” (Prieto, 1878, III: 482); ante los ojos del innato observador no pasaban inadvertidas las transformaciones materiales de la ciudad cuya fisonomía había cambiado notablemente desde su primera estancia en 1866: la metrópoli en 1877 ya contaba con 16 301 habitantes, de los cuales la mitad eran alemanes, y más de dos tercios estaba formada por 4 450 americanos, ingleses e irlandeses; 4 950 mexicanos, españoles e italianos. La generosidad del clima hacía que, según palabras del gobernador Kubber, San Antonio fuera considerada “la ciudad más sana del mundo”.

En esta ocasión es perceptible el desconsuelo causado por su viudez: además de sus observaciones sobre la pujante ciudad, el cansado memorista abrió, por primera vez, los resquicios de su corazón, y confesó la pena que le corroía por la ausencia de su cónyuge: María fue tristemente recordada en una evocación que dimensionaba la importante presencia de la compañera entrañable y solidaria que dio a su vida un remanso de paz.

El 2 de agosto de 1877 fue una fecha especialmente significativa para Prieto: antaño ese día celebraba el cumpleaños de María y era “consagrado en otro tiempo a los goces íntimos de mi modesto hogar, y hoy a la exhumación dolorosa de recuerdos adorados” (Prieto, 1878, III, 486). Después de realizar diversas actividades diurnas, Prieto se concedió un tiempo personal, íntimo. Al abrigo de la noche recuperó los pasos perdidos y retornó a la antigua morada, aquella que le albergó once años antes y que resguardó los momentos compartidos con María, con los seres queridos. La casita, al igual que la ciudad –y también él mismo–, había sufrido transformaciones, devorada por la urbanización, habitada por otra familia: “Llegué a la casa, no como antes aislada, sino perdida entre otras habitaciones” (Prieto, 1878, III, 487); para Prieto en el hogar primigenio también se hacían presentes José María Patoni, Fernando Poucel, Benito Zenea; nuevamente escuchaba la algarabía de los niños tartamudeando el inglés… A las once de la noche el poeta dio un último adiós, ése que quizás los tiempos viejos ahogaron en medio de las tempestades políticas: María era evocada explícitamente después de transitar de manera sutil por su escritura, como si Prieto no osara nombrarla por temor a desvanecer su imperecedero recuerdo. Su presencia silenciada respetuosamente en las Memorias –ya había contraído nupcias con Emilia Golard– y esbozada en los Viajes de Orden Suprema, volvía a ser invocada esa noche del 2 de agosto de 1877, en San Antonio de Béjar: Prieto llora, abre su corazón; el lastimado escribiente da rienda suelta a un sentimiento acallado que, por primera y única vez, exhibe el pesar que ha llevado a cuestas durante ocho años: la viudez, la orfandad de los hijos, la existencia trashumante… Hoy todo es diferente, hoy Guillermo Prieto está más solo que nunca y puede gritar su desamparo:

y no causa mi inquietud,
que mi mano entumecida
resbale en el ataúd,
es que le falta a mi vida
la aureola de tu virtud.

Es que en mi profundo duelo
murió olvidado el hogar,
do eras ángel de consuelo,
y tu semblante mi cielo,
y tus rodillas mi altar. […]

Ser de mi ser, dulce abrigo
de mis horas de amargura,
venga tu recuerdo amigo,
ya que estoy muerto contigo
en tu misma sepultura
mi niña, mi amor, María
ven de tu adorado en pos,
tu luz de cielo a mí envía […]
Yo por ti conocí a Dios,
porque en ti resplandecía.

(Texto datado a las once de la noche, signado por Guillermo Prieto, 1878, III: 489, 491).

El tono de la escritura –tan distante de aquella voz que sentenció que “¡Los valientes no asesinan!”, frase lapidaria que cambió el curso de nuestra historia–, devela el yo íntimo y personal: no es el observador de las costumbres y festividades, no es el cronista innato que “llevando siempre a la Patria bajo el brazo” relata sus experiencias en pos de un beneficio social o una crítica colectiva: Guillermo Prieto es el hombre que por primera vez se asume vulnerable; que por primera vez ve en la muerte la única posibilidad liberadora de un pesar que lo carcome.

Amaneció y el 3 de agosto el solitario memorialista emprendió un viaje a dos millas de la ciudad:

En la tarde de ese día procuré aislarme: pretendía como reconstruir con mis recuerdos el tiempo pasado [cuando confiaba a Dios y al espacio las hondas tribulaciones de mi alma], quería, por uno de esos artificios frívolos del dolor, recorrer los mismos lugares que en otros tiempos, evocar las propias ideas y esperar que un soplo de resurrección me devolviese los objetos que ha perdido para siempre mi corazón (Prieto, 1878, III: 496).

Esa noche no solamente el desgarrador recuerdo de María hizo significativamente triste la estadía de Prieto en San Antonio: una breve misiva le informó del deceso de su madre. La inexorable muerte le revelaba, nuevamente, su desventurada condición.

Los íntimos recuerdos y el dolor de la orfandad fueron abruptamente interrumpidos: Prieto recobró su postura de hombre fuerte y se amparó en el bullicio y el trajín de una tabaquería; dejó correr el tiempo en la cercanía afectuosa de Monsieur Rêve y su familia, quienes habitaban una casa próxima al río.

San Antonio representará para Guillermo Prieto el reencuentro con una pena imperecedera, guardará el recuerdo de la pérdida materna y también será sede de la despedida: días antes de partir, vio por última vez al entrañable Doctor Cupples, quien agonizante le dio un último adiós.

Por fin, como un rayo de luz el retorno parece darle una tregua: el 6 de agosto Prieto regresa a la

Patria de Hidalgo y de Juárez,
patria de amor, patria mía,
la patria de mis amores,
la patria de mi María (Prieto, 1878, III: 572).

un trayecto de entre 36 a 40 horas, con una breve parada en Fort Clark, le deparó la oportunidad de clausurar un pasado y emprender el futuro. Francisco, su joven hijo, en cuanto llega a la frontera, besa el suelo mexicano; Fidel lo secunda: el regreso es un alivio emocional.

“Por bien o mal que te vaya... nunca dejes Tacubaya”

Ya de regreso a México, la vida de Prieto, siempre salpimentada por los cambios políticos, transcurrió entre los destierros obligados y su desempeño como funcionario público. Es un viudo, padre de dos niños, y debe vivir la turbulencia de los momentos históricos de los que le han tocado en suerte ser protagonista.

Fue en Tacubaya, también un día de agosto, pero de 1886, cuando Prieto empezó a hacer el recuento de su vida; habitaba una nueva morada en compañía de Emilia, su segunda esposa, y de María y Guillermo, los dos pequeños hijos, fruto de su segundo matrimonio. Los tiempos se habían apaciguado un poco; el viejo cantor gozaba de cierta estabilidad y aún conservaba viejos hábitos, como empezar sus faenas a las 4 de la mañana.

El 2 de marzo de 1897 la muerte puntual visitó la casa ubicada en la calle del Maguey –hoy Manuel Reyes Veramendi–: la reciente pérdida de su hijo Guillermito y la salud quebrantada minan las fuerzas del poeta. Poco pudo hacer el doctor Fernando Ortega: la vida de Prieto se extinguió a las 19:35 horas; el festivo cantor, el veterano de muchas batallas, el eterno cronista, el “viajista” –como lo llamó Manuel Sánchez Mármol–, expiró en la histórica villa de Tacubaya, lugar que lo vio nacer y que albergó su última morada.

El 4 de marzo la casona de Tacubaya cerró el portón para que el cuerpo fuera velado en la Cámara de Diputados, acto solemne al que asistió el presidente Porfirio Díaz. Por el recinto de Factor y Canoa –hoy Allende y Donceles– desfilaron ilustres personalidades y también todos aquellos que pasaron a la posteridad gracias a la pluma de Prieto: la ña Pitacia, Enriquito Filigrana, Doña Crisanta Cencerrillo, Don Onofre Calabrote, Pepito Melindre, Amalio Espejel, Don Floripondio Sonaja, Mariquita Castañuela, Cerapio [sic] Chiralafo, su interlocutor de la “Crónica charlamentaria”, la columna que publicó en El Monitor Republicano (dic. 1868-abr. 1869)… todos ellos habían perdido a su vocero, a aquel que supo escudriñar los recovecos de sus almas y quien como ninguno los pintó de cuerpo entero.

La fúnebre comitiva partió desde la Cámara hacia Tacubaya: oscurecía y una lejana brisa del cercano bosque bañó esa tarde el Panteón de Dolores. Terminada la ceremonia los deudos emprendieron el regreso a la desolada casa ubicada en la calle del Maguey –hoy Manuel Reyes Veramendi–. El presidente Porfirio Díaz abordó el vagón número 14 que lo llevó hasta su hogar en la calle de La Cadena –hoy Venustiano Carranza–; durante el trayecto, pasando por el Bosque de Chapultepec, el viejo Díaz seguramente rememoró todas las luchas y las batallas que Prieto y él habían librado a lo largo de sus vidas; por su mente pasaron mil recuerdos de sobresaltos, de acuerdos y discrepancias pero también de alegre convivencia, como aquel memorable baile ofrecido el 15 de enero de 1889 en el Castillo de Chapultepec; el Héroe de la Carbonera, el guerrero triunfador de la Batalla del Dos de Abril, evocó sin duda los agitados tiempos idos y tuvo la certeza de que esa tarde de marzo, Guillermo Prieto, el eterno soldado, descansaba en Tacubaya, lugar de sanación y reposo. Para los hombres como él, la Patria –y Tacubaya también– había reservado “un sepulcro de honor”.

“Estudiar el pasado, escribir la historia, equivale en el fondo a estudiarse a sí mismo y a explorar [un] fondo común” (Chaves, 2002: 101): el legado de Prieto tiene el firme propósito de compartir, como se hace con un amigo lejano en el tiempo y en el espacio, sus puntos de vista y sus peculiares observaciones sobre lo que más le interesó perpetuar: el hombre inmerso en su circunstancia histórica.

Tacubaya de los Mártires, un 2 de agosto de 2018.

Bibliografía

  • Chaves, José Ricardo, “Analogía y memoria”, en Esther Cohen y Ana María Martínez de la Escalera (coords.), De memoria y escritura. México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, 2002: 89-103 (Espacios de la Memoria, 3).
  • Prieto, Guillermo, Memorias de mis tiempos. 1828 a 1840; 1840 a 1853 [México: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1906]. 6ª. ed. México: Patria, 1976.
  • Prieto, Guillermo [Fidel], Viaje a los Estados Unidos (1877). T. III. México: Imprenta del Comercio, de Dublán y Chávez, 1878.
  • Prieto, Guillermo [Fidel], Viajes de Orden Suprema. Años de 1853, 54 y 55 [México: Imprenta de Vicente García Torres, 1857], 3ª. ed. México: Patria, 1970.