Reseña

Norma Garza Saldívar, “El espacio de la memoria”, en 30-2 (2009), pp. en Acta Poética, vol. 30, num. 2 (2009), pp. 151-165.

 

Leopoldo Lezama Contreras

Crítico e investigador independiente

 

A poco tiempo de cumplirse quinientos años del choque cultural que representó la conquista por parte del Imperio Español de los territorios mesoamericanos que comprenden el México de hoy y sus consecuencias en torno a la construcción de una nueva geografía entre culturas distintas, resulta enriquecedora la reflexión que hace Norma Garza Saldívar en “El espacio de la memoria”, a propósito de su lectura de Walter Benjamin y el retrato que este pensador nos presenta del París del siglo XIX y la primera mitad del XX. La investigadora hace un recorrido por los conceptos de espacio y ciudad que Benjamin desarrolla en su Libro de los pasajes: “el texto como la ciudad pueden considerarse como zonas abiertas que apelan a la entrada del otro para comenzar a ser a partir, justamente, de ese vínculo” (159). La ciudad, “urdimbre de puentes y pasajes” (154), hace posible “el encuentro con su habitante y su experiencia; la experiencia como una travesía, un pasar a través de […] los fragmentos del mundo visible que conducen, por el deambular o la lectura, a la complicidad y la percepción de lo Otro” (154).

Se trata de una reivindicación del “paisaje” como ese territorio donde se va tejiendo una estrecha relación entre la capacidad de asombro, la escritura y la memoria: “La ciudad no es sólo una representación del pensamiento –nos dice Garza Saldívar–, sino que conforma las huellas, las marcas, las pistas que descubren un discurso que nos abre a la pregunta sobre el lugar habitable y la construcción del texto” (155). La ciudad vista como una compleja arquitectura que no se agota en sí misma, sino que está ligada a las formas de vida (según Jaques Derrida en su libro Ahora la arquitectura, puede hablarse de una “escritura del espacio” como condición de que “la experiencia tenga lugar, de que ésta pueda ser compartida y transmitida” [155]); es decir, la arquitectura sería ese lugar donde adquieren forma “nuevos modos de habitar”, pero también nuevos modos de pensar y de entender el mundo.

La pintura que nos hace Garza Saldívar del pensamiento de Benjamin es notable: “lee la ciudad al tiempo que la va tejiendo a través del recorrido por pasajes, calles, historias y lugares, donde el lector deambula por su obra fragmentaria creando así las condiciones para que un objeto se haga de nuevo visible. Se trata de caminar y de leer esos espacios como posibilidad de la experiencia y de la historia y será a partir de imágenes dialécticas como se configure en un mismo lugar lo que ha sido y el ahora” (156). Ese mismo proceso de imágenes dialécticas que la autora aprecia en Benjamin es el que utiliza para entrar en contacto con ese montaje de imágenes e ideas que rodean los conceptos del autor alemán. Así ella se apropia del tedio, la melancolía y la errancia que Benjamin contempló frente a la devastación de la Europa de entreguerras: “Observó y se detuvo sobre todo en el envejecimiento de las novedades y en las invenciones que brotaron de las fuerzas productivas del capitalismo acelerado” (157).

El escritor

Garza Saldívar refiere el entramado social y cultural que vivió Benjamin; la barbarie del régimen nazi que provocó “las ruinas de la sociedad moderna” (157), y que quizás es el origen del método de investigación que el filósofo halló para apropiarse de esos restos de realidad: el “montaje literario”, una manera de “mostrar” los “harapos” de una sociedad deshecha; instantáneas, que, no obstante, quieren mostrar “el cristal del acontecer total” (157).

Esta lectura acerca de las nociones de espacio y ciudad en Benjamin es pertinente en el umbral de los cinco siglos de ese “encuentro –otros podrían decir encontronazo– de culturas”, en la medida en que evoca el momento en que la idea del mundo se transformó por completo, pero también cambió la geografía mental del europeo y de los habitantes de los territorios indígenas. Aquella Tenochtitlán fundada en 1325 y cuya extensión para 1519 no sobrepasaba los veinte kilómetros cuadrados, ha sido el punto de partida de una historia rica en imágenes y narrativas de todo tipo que contempla una infinidad de tratados, crónicas, mapas, novelas, fotografías, que en su conjunto conforman esos fragmentos que el tiempo va dejando en su transcurso, pero que la imaginación creadora va reconfigurando para dejar una constancia, un segmento perdurable del diálogo de los hombres con su momento histórico.

Cambio en la geografía mental

Este paralelismo a partir de los conceptos benjaminianos acaso pueda verse reflejado en lo siguiente:

Parecería que Benjamin –nos dice la autora–, en su “mostrar” los harapos, los desechos, mostrara finalmente las formas de habitar un sitio. Al recoger los restos de lo pasado, las ruinas de la historia, Benjamin no intenta restaurar o interpretar, sino juntar esos pedazos piadosamente y guardar con ellos los valores sustantivos heredados de una sociedad, porque quizás nadie mejor que Benjamin sabe que la memoria viva del pasado y el proyecto del porvenir desaparecen juntos (162).

En suma, las reflexiones que este artículo nos propone a partir de su lectura de Benjamin nos invitan a seguir caminando la ciudad, cualquier ciudad, nuestra ciudad, seguir escribiéndola y seguir persiguiendo un recorrido siempre deslumbrante. A cada paso, en cada minucia de esas calles milenarias abrimos nuevas vías para sentir y comprender el mundo.

 

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