Semblanza

Joaquín Arcadio Pagaza: poeta y traductor de los clásicos latinos

 

Sergio López Mena

Centro de Estudios Literarios

Instituto de Investigaciones Filológicas

 

Mi interés en la vida y la obra de Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918) se motivó al darme cuenta de que en la cultura mexicana y especialmente en la historia de la literatura, se prestaba poca atención a escritores del siglo XIX que habían simpatizado con los conservadores. Me pareció que era necesario poner fin a la actitud de menosprecio o de olvido que se tenía ante hombres tan notables como Clemente de Jesús Munguía, Ignacio Montes de Oca y Obregón, Joaquín Arcadio Pagaza, por sólo referirme a tres intelectuales obispos. Munguía fue un humanista. Amó de tal manera la cultura latina, que su gran deseo era yacer junto a las arenas del Tíber. El destino cumplió sus sueños. A Ignacio Montes de Oca le debemos traducciones de poesía griega. Pagaza, por su parte, tradujo a Horacio y a Virgilio. Ambos escribieron además poesía propia.

Apunte biográfico

Joaquín Arcadio Pagaza nació en Valle de Bravo, Estado de México, el 6 de enero de 1839. Fueron sus padres Julián Pagaza y Josefa Ordóñez, que impulsaron su educación en ese medio provinciano y eclesiástico del suroeste de Toluca. Desde niño se le familiarizó con los rudimentos del latín, tarea que estuvo a cargo del cura de Valle, Mariano Téllez. Viajó a la capital del país para llevar a cabo la carrera del sacerdocio en el Seminario Conciliar de México. Una vez terminados esos estudios, le resultó difícil ordenarse, pues por el estado de guerra entre liberales y conservadores no había obispos en el centro del país. Decidió ir a Orizaba, luego de saber que allí encontraría a fray Francisco Ramírez, obispo titular de Caradero. En la parroquia de esa ciudad, fue ordenado sacerdote el 19 de abril de 1862. Del general Ignacio Zaragoza recibió un salvoconducto para volver a la capital. El camino de Veracruz a la metrópoli estaba en armas. El 5 de mayo, el ejército francés sufriría en Puebla una derrota memorable.

Pagaza llegó como primer destino a la parroquia de Taxco, donde estuvo entre 1863 y 1865. Allí escribió una larga composición titulada María. Se publicarían fragmentos de ella en 1890. Inicia:

 

En reducido pueblo comarcano,
una aldeana huérfana vivía
hermosa y rica; en el extenso llano
húmido y triste, su heredad tenía.
Asombraba su choza ruin manzano
que sobre el techo sórdido caía,
entrelazando las sudosas ramas,
con rosas y junquillos y retamas
(Pagaza, 1985: 214).



 

En 1865 dejó la parroquia de Taxco y regresó a la Ciudad de México, en cuyo seminario ejerció una cátedra de latín. Lo hallamos luego en el Sagrario Metropolitano, en la parroquia de Cuernavaca y más tarde, durante diez años, en la de Tenango del Valle, Estado de México.

En Tenango, al par de su ministerio, se dio a la escritura de poesía. Varios de los sonetos de esa época fueron publicados en la prensa de la capital. De allí fue trasladado nuevamente a la metrópoli. El primer día de mayo de 1895, se le consagró obispo de Veracruz, en el templo de la Profesa.

Para la fecha de su consagración episcopal, el sacerdote nacido en Valle de Bravo ya había dado a la imprenta dos libros: Murmurios de la selva (1887) y Algunas trovas últimas (1893); había ingresado a la Academia Mexicana de la Lengua y se le contaba entre los Árcades de Roma con el nombre literario de Clearco Meonio.

Durante su estadía en Veracruz, nuestro autor se dedicó al gobierno eclesiástico, pero continuó con el cultivo de la poesía y con traducciones de la lírica horaciana y de la obra de Virgilio. En 1905 publicó en Xalapa el volumen titulado Horacio, con la traducción de casi toda la obra lírica del poeta de Venusia. Dos años más tarde, en esa misma ciudad, la tipografía de Luis Junco editó Virgilio, volumen en el que está la traducción de parte de la obra del mantuano.

En 1913, en una imprenta que había adquirido, publicó en Xalapa el primer tomo de Obras completas de Publio Virgilio Marón. Los sucesos de la Revolución hicieron imposible que se imprimiera el segundo tomo, con su traducción de los libros IV a XII de la Eneida.

La contienda revolucionaria fue propicia a la persecución de los miembros destacados de la Iglesia, como el obispo de Veracruz, a quien se identificaba con el gobierno de Porfirio Díaz.

Joaquín Arcadio Pagaza murió el 11 de septiembre de 1918, en su sede episcopal.

Una aproximación a su poesía

Caracterizó la vida política y social de México en el siglo XIX la pugna entre los liberales y los conservadores. La historia fue escrita por los primeros, pues triunfaron sobre quienes deseaban un gobierno monárquico. En las letras, se hizo notar Ignacio Manuel Altamirano, figura del romanticismo. Las costumbres populares y la historia cívica atrajeron a Guillermo Prieto, también republicano. El neoclasicismo pervivió al lado del romanticismo y del costumbrismo. A fines de la centuria, lo actual era la poesía de los modernistas.

Joaquín Arcadio Pagaza figura entre nuestros poetas neoclásicos del siglo XIX. Es nuestro gran paisajista. En varias ocasiones, ve la naturaleza en un encuadre mitológico, como podemos corroborar en el soneto “La Peña”, de Sitios poéticos del Valle de Bravo, sección de Algunas trovas últimas. En él, describe así un cerro de su lugar natal:

 

De un monte el dorso ríspido y serrado
tiene por trono y la escarpada cumbre;
se corona en laurel, y su techumbre
las nubes son y el éter azulado.

Por cetro empuña verde y arriscado
monolito de enorme pesadumbre;
las colinas su regia servidumbre
son y su imperio el valle dilatado.

Se embebece mirando en el bruñido
y líquido cristal su faz severa,
su airoso porte y ademán temido.

Y su música dulce y placentera
son el trueno del rayo y el graznido
del águila salvaje y altanera
(Pagaza, 1985: 51).



 

También hay un encuadre mitológico en su visión del caudal de agua que hasta mediados del siglo XX existía al sur de Valle. En el soneto “El río”, del citado conjunto de poemas, leemos:

 

¡Salve deidad agreste, claro río,
de mi suelo natal lustre y decoro,
que resbalas magnífico y sonoro
entre brumas y gélido rocío!

Es el blanco nenúfar tu atavío,
tus cuernos de coral, tu barba de oro,
los jilguerillos tu preciado corto,
tu espléndida mansión el bosque umbrío.

Hiedra y labrusca se encaraman blondas
y enlazan por cubrirte en los calores
con campanillas y rizadas frondas;

te dan fragancia las palustres flores;
y al zabullirse, tus cerúleas ondas
ensortijan los cisnes nadadores
(Pagaza, 1985: 52).



 

Pero como señalaron Hilarión Frías y Soto y Octaviano Valdés, en su poesía encontramos también elementos del romanticismo. Los poetas de ese movimiento volvieron la mirada al campo, los bosques, las corrientes de agua. En algunos momentos de la lectura de los poemas del mexiquense percibimos una emoción íntima.

Es Pagaza un autor complejo, que nos depara signos de originalidad para su época, como podemos ver en “Atescapan”, de Sitios poéticos del Valle de Bravo, que contiene sugestivas imágenes y es muy distinto de “La Peña” y de “El río”:

 

Vense al fulgor de la creciente luna
dibujarse las tétricas montañas
y la luz de las míseras cabañas
en el terso cristal de la laguna;

se aduerme el ánsar en flotante cuna
de nenúfares, ovas y espadañas;
y alarga el cuello entre medrosas cañas
la garceta que en pie vela oportuna.

El aura, respetando aquel supremo
reposo, a la temblona hierbecilla
deja en quietud del uno al otro extremo.

Y sólo se oye en la remota orilla
el chis del agua hendida por el remo
del indio que resbala en su barquilla
(Pagaza, 1985: 61).



 

Además de la naturaleza, en la poesía del sacerdote de Valle de Bravo se encuentran temas como la amistad, la religión, el terruño, el amor filial. Uno de sus sonetos más conocidos es “La oración de la tarde”, en el que hallamos esta fotografía:

 

Tiende la tarde el silencioso manto
de albos vapores y húmidas neblinas,
y los valles y lagos y colinas
mudos deponen su divino encanto.

Las estrellas en solio de amaranto
al horizonte yérguense vecinas,
salpicando de gotas cristalinas
las negras hojas del dormido acanto.

De un árbol a otro en verberar se afana
nocturna el ave con pesado vuelo
las auras leves y la sombra vana;
y presa del alma de pavor y duelo,
al místico rumor de la campana
se encoge, y treme, y se remonta al cielo
(Pagaza, 1985: 101).



Pagaza, traductor de Horacio y de Virgilio

En buena parte de sus versiones de la obra de Horacio y de Virgilio, Pagaza prefirió la traducción parafrástica, que le elogiaron no pocos de sus contemporáneos, pero finalmente se convenció de que debía emprender una traducción lo más apegada posible al original. Ese carácter tenía su versión de las obras completas de Virgilio que el movimiento revolucionario impidió publicar en la forma que se proponía. El Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México llevó a buen fin la edición de dicho trabajo. Publicó cuatro volúmenes con su traducción del magno poema de Virgilio: Eneida I-III (2005), Eneida IV-VI (2010), Eneida VII-IX (2014) y Eneida X-XII (2016).

En la traducción literal de la Eneida que el poeta mexiquense llevó a cabo sobresale el libro IV, que inicia:

 

Mas, por grave inquietud la reina herida,
dentro las venas un cuidado nutre,
y en aquel fuego se abrasaba, oculto.
El gigante valor, revuelve en su alma,
de aquel varón, y de su raza el brillo;
sus palabras conserva y su semblante
clavados en su pecho, y que el reposo
en él se asile la inquietud no sufre
(Virgilio, 2010: 35).



 

Y en su traducción de las odas de Horacio destaca la de la oda X del libro I, que es un himno a Mercurio:

¡Mercurio, nieto del robusto Atlante,
que suavizaste fieras las costumbres
de nuestra especie con tu voz sonora
y en la palestra!

Te cantaré, de Jove mensajero
y de los dioses, de la corva lira
autor sagaz, y protector del hurto
hecho por burla.

En otro tiempo sus robados bueyes
te reclamaba con minaces voces,
y al advertir que aun el carcaj le hurtaste,
riose Apolo.

Y el rico Priamo burla a los Atridas,
Ilión dejada, siendo tú su guía,
y al centinela y de enemiga Troya
los campamentos.

Del alto Jove y de Plutón querido,
a las piadosas ánimas colocas
en grato asiento; y a los Manes riges
con vara de oro
(Horacio, 1905: 25).




La poesía y las traducciones de Joaquín Arcadio Pagaza merecen ser valoradas. Varios de sus sonetos son piezas muy apreciables. En sus traducciones de Virgilio dejó las paráfrasis y prefirió una forma más cercana al texto original.

Bibliografía

  • Horacio. Versión parafrástica de sus odas por don Joaquín Arcadio Pagaza, obispo de Veracruz, Correspondiente de la Real Academia Española, Individuo de número de la Mejicana y entre los Árcades de Roma Clearco Meonio. Van añadidas algunas otras paráfrasis, imitaciones y poesías originales del traductor. Jalapa, Veracruz: Imprenta “El Progreso” de Concepción V. de Mendizábal, 1905.
  • Pagaza, Joaquín Arcadio, Poesía. Prólogo de Ana María Mora de Sol. Xalapa, Veracruz: Universidad Veracruzana, 1985 (Colección Rescate).
  • Publio Virgilio Marón, Eneida IV-VI. Traducción de Joaquín Arcadio Pagaza. Edición y prólogo de Sergio López Mena. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2010 (Letras del Siglo XX).