Artículo de divulgación

La mujer a través del discurso novohispano

 

Elvia Carreño Velázquez

Centro de Estudios Clásicos

Instituto de Investigaciones Filológicas

 


La mujer fue un elemento imprescindible para la transmisión de los valores culturales en la sociedad novohispana, pues le correspondieron las labores domésticas, la procreación y la formación de la familia. Desde el punto de vista social –con base en el color de su piel, la mezcla de su sangre y su posición económica– hubo mujeres peninsulares, criollas, indias, mestizas, negras, mulatas y zambas. En el ámbito legal estuvo bajo la tutela paterna, si era soltera, o marital, si estaba casada; no podía organizar negocios, comprometerse contractualmente, intervenir como testigo en un testamento, aceptar o rechazar herencias sin licencia de su tutor ni ejercer algún cargo público.

En general, a la mujer se le consideró débil, indefensa, irresponsable y sin poder de decisión. Por estos motivos su actuar fue tema regido por el hombre y originó un discurso moralista en el que se le reprochó su proceder; mismo que se trató de enmendar a través de sentencias o sermones con los que se le advertía sobre su mal comportamiento y se le recordaba su forma de actuar. Ese control moral hacia la mujer fue impuesto con las normas sociales y marcado con las plumas de varios escritores, cuya su censura abarcó desde sus entornos familiar y religioso, hasta los lugares públicos donde acudía, su alimentación, su vestido y su arreglo.

El escritor novohispano tenía completamente asimilado el papel social de la mujer, esto es, ser buena hija, esposa y amiga, también su meta en la vida: el matrimonio. Las clases de marido, con base en Juan de Palafox y Mendoza, fueron tres: el cuerdo, el distraído y el áspero (golpeador). Y la actitud de la mujer ante él debía ser:

La casada perfecta, sólo a Dios ha de amar más que a su marido, y a su marido más que a cuanto en esta vida puede amarse. Si tuviera el marido cuerdo, y virtuoso, debe (porque es razón) agasajarlo; y si fuere distraído o áspero, debe (porque es obligación) sufrirlo. La casada que tuviere el marido distraído debe tener paciencia […] ha de reverenciarle como a padre y amarlo como a esposo, sin consentir que murmuren de él, ni se atrevan a censurarle […] pues siendo ella buena, Dios le hará a él bueno, pero si le pierde el amor y el respeto quedó todo perdido y para siempre. [Si el marido tiene] áspera condición, no ha de apurar su paciencia la buena casada, considerando que no hay cuerpo tan violento, ni corrompido que no sufra a su cabeza por disforme que sea, y desconcertada; y que de la misma manera ha de sufrir la mujer a su marido, como a la cabeza su cuerpo (Discurso cuarto. Breves documentos de la perfecta casada, en 1762, t. IV: 507).

En consecuencia, la función de la mujer era agasajar, cuidar y comprender a su marido; sólo de esta forma lograba ser una perfecta casada. Juan de Palafox, en su Discurso cuarto, la describe así: “los epítetos que debe afectar la buena casada son los siguientes: muy cuerda, y muy retirada, muy virtuosa, muy señora, muy ejemplar y devota; guárdese de los que se siguen: muy entendida, bizarra, galante, gallarda, entretenida, gustosa, discreta y alegre” (1762, t. IV: 512).

La mujer en el discurso novohispano tiene dos facetas. Por un lado, ella debe atender y estar en el hogar; por otro, es la causa de todos los males, porque se deja llevar por las pasiones, es débil, vanidosa y sólo piensa en su persona. Así se aprecia en Juan Martínez de la Parra, quien afirma:

Es la mujer de casa […] porque debe estar al pendiente de toda la familia. Para eso, puso Dios al lado de Adán a Eva [….] no sólo para compañera sino para ayuda […] y como buena hija obedezca, calle y ame a su familia. Ese es el cargo de la mujer, en que ha de emplear sus cuidados todos y toda su atención […] son guardas de la casa de modo que no atendiendo ni más esplendor, ni más hermosura han de emplear su caudal todo y su solicitud hacia la casa y la familia (1789: 485)

La belleza femenina fue, constantemente, censurada y juzgada. Por ejemplo, Juan de Palafox y Mendoza en su Discurso tercero. De la reverencia que se debe al matrimonio previene al que sólo observa la hermosura en la mujer para casarse y le dice:

Porque si esto es así ningún casado puede vivir apenas contento diez años, porque rara es la hermosura que dura tanto, quebrantada por los partos, hollada con las enfermedades, afeada y deshecha con los afeites, despreciada en la mismísima comunicación con los maridos, sujeta al ultraje de mil accidentes ligerísimos, a la falta del cabello y de los dientes, al corrimiento de los ojos, expuesta a enfermedades, que con suma facilidad deshacen la simetría del rostro, que es en lo que consiste la perfección. Ya la abundancia de sangre [menstruación] amancilla la hermosura […] ya la corrupción le quita la gracia del color y la blancura del rostro. Si engorda, afea las facciones con la sobrada carne; si enflaquece, está manifestando con fealdad los huesos; y como los cuatro humores andan siempre combatiendo la salud, no hay flor delicada, no hay soplo tan leve, que así se pase y perezca, como la hermosura de la mujer (1762, t. VI, n. 10: 488-489).

Otro de los grandes temas de la crítica varonil hacia las mujeres fue el denominado pecado de la vanidad que, a su juicio, abundaba más entre ellas por el uso de cosméticos. Una prueba evidente la manifiesta fray Juan Bautista al hablar del maquillaje en la mujer, quien no peca si

[u]na doncella lo usa para agradar a un varón y éste la tomará por esposa. Lo mismo debe decirse de la viuda y de la mujer casada que con esto quieren agradar al varón, para que no cometa adulterio […;] por lo contrario abusan […] las malas mujeres que quieren provocar así a los varones para hacerlos desearlas. En este caso pecan mortalmente, pues la mujer que lo usa o se adorna indecentemente para inducir al mal a los varones peca mortalmente (en 2012: 58-59).

Al parecer era excesivo el arreglo en todas las mujeres novohispanas; por ello el discurso moral enfatiza a través de relatos fantásticos que por la vanidad paga penitencias aún después de morir. Juan Martínez de la Parra sobre ello cuenta:

Un religioso sacerdote decía continuamente misa y hacía grandes penitencias, por el alma de su madre difunta, hasta que un día, que con más fervor y lágrimas oraba por ella, la vio de repente delante de sí con esta espantosa visión. Vio que venía sentada sobre un fiero dragón, que respiraba sulfúreas llamas; a un lado y al otro dos horribles demonios, que con dos cadenas de fuego, que la apretaban y ceñían todo el cuerpo, la traían aprisionada; de su cabeza pendientes muchas lagartijas, dos escorpiones en sus ojos, en sus orejas dos ratones, que unos y otros no cesaban de roer y morder. Cayó fuera de sí el religioso, pero la desdichada, le dijo, no temas, que soy tu maldita madre. Pues ¿cómo, le replicó él, no te confesaste, y recibiste los sacramentos? Sí, respondió, pero siendo las galas profanas un saco lleno de ira de Dios, yo desde mi juventud me di a ellas en afeites y aderezos, a que acompañaban mis malos pensamientos; y aunque de esto me confesaba; pero era siempre sin dolor, ni propósito de la enmienda. Así pasé y nunca tuve valor para volver a revalidar aquellas confesiones, y así estoy sin remedio condenada. ¿Y qué figuras son esas tan horribles? Le preguntó el hijo; y ella contestó:

este dragón me trae y lleva por los torpes pensamientos que siempre tuve; estas lagartijas son ahora el adorno de mis cabellos; estos dos escorpiones me hacen pagar lo torpe de mis vistas; estos ratones me repiten royendo mis lascivas conversaciones; y en fin estos dos demonios que a mis dos lados me acompañan, el uno es por los gastos superfluos que a tu padre le hice gastar, con no pocas ofensas de Dios, en mis vanas galas y aderezos y el otro es por las muchas mujeres, a quienes yo provoqué y perdí con introducciones de usos y malos ejemplos. Con esto y un estallido horrible desapareció. ¡Oh, si sonará este estallido, y estas voces en los oídos de tantas, como haciéndose el matrimonio, por su vanidad, intolerable, acarrean por su vanidad en su alma cadenas de que nunca se desatan! ¡Oh, si sirviera este escarmiento, para que logrando las mujeres la quietud, quitadas de vanidad, y afeite ocuparan el tiempo en la verdadera felicidad que está en procurar al marido, cuidar a sus hijos y hacer obras pías! (1789: 466).

No obstante, pese a esta clase de relatos el pecado de la vanidad femenina proliferaba y no se cansaban las plumas masculinas en denunciar y mostrar los males que le acompañaban, como la lujuria y la sensualidad. Así lo presenta fray Antonio de Ezcaray al decir:

Qué más incentivo a la lujuria, que ver una mujer agarrotada por la cintura […] con un manto… tan transparente, tan pernicioso, que descubre a la mujer de pies a cabeza, y antes sirve de velo provocativo, […] añadiendo a este manto una red infernal de puntas, para que por ella les vean el pelo rizado, las rosas, el chiqueador, la toca, un diluvio de cintas, botones y otras superfluidades… No se dan cuenta que cuando salen por las calles con manto de humo es señal que hay dentro de ellas gran fuego […] Qué mayor infierno que sus zapatos de poleví, o palillo […] cosidos con hilos de oro y seda […] Qué mayor provocación que ver una mujer llena de anillos, de pulseras, de joyas que decoran la espalda y el pecho, y tocada en melena, añadiéndose pelo postizo para ostentar más su vanidad y esto también las indias y las mulatas lo han hecho se ponen colores, listones y paños. Este veneno de los afeites y aderezos arrasa a todas las mujeres débiles. Oh desdichadas de vosotras (1691: 19-22).

Otro asunto que prolifera en los escritos novohispanos es la insistencia en que las doncellas y esposas tenían que mantenerse ocupadas y evitar el ocio, que estaba directamente relacionado con el tiempo invertido en sus obligaciones y tareas propias de su sexo y condición, pues ocupadas atendían su hogar, se distraían, evitaban las tentaciones y alejaban los malos pensamientos; sobre este punto el padre Martínez de la Parra opina que "[l]a mujer ha de estar encerrada y metida en casa, que no ha de salir con el esposo a sus negocios, que no ha de andar por las calles, y plazas, que nada entiende de compras, ni ventas. Porque la mujer ayuda cuando intenta no ser vista, no ser escuchada, y sobre todo es callada y se mantiene encerrada" (1789: 465).

Las quejas sobre la vanidad femenina y el ocio eran constantes y, al parecer, a la mujer novohispana no le importaban las amenazas; esto explica que trataron de persuadirla por otros medios y uno de ellos fue su dieta. Agustín Farfán, en su Tratado breve de medicina, alude a esto a propósito de la Retención de la regla (libro 1, cap. 6: 32-33):

Es tan diferente el bajar la regla naturalmente en muchas mujeres, que a mí me espanta. Porque a unas les baja poco, y sin concierto a otras les baja en un mes dos y tres veces; a otras no les baja ni una gota. De estas a una no les baja por la edad, y a otras por el mucho ejercicio que hacen trabajando, aunque no a las de esta tierra y a otras no les baja por demasiado ocio y arreglo que tienen […] y digo en todas; porque lo vemos cada día en doncellas, casadas y viudas […] digo que la causa más principal de no bajar bien la regla es la sangre, al ser muy gruesa y muy flemática. Engruesase la sangre y se hace flemática comiendo demasiado. Estas dos cosas hacen muy bien las mujeres en Nueva España, porque a todas las horas del día y a muchas de la noche las verán comer golosinas. Mayormente el cacao comido y bebido, y este no les ha de faltar. Otras se hartan de chocolate, que es una bebida hecha de muchas cosas entre sí muy contrarias, gruesas, y malas de digerir. Comen frutas verdes y mal maduras todo el año. Otras no se ven hartas de limas y sal; de naranjas agrias y dulces. Otras comen tierra de adobes, y no dejan tapadera de jarro colorado y aun el jarro que no tengan. Y si esto que digo, hiciesen sólo las mozas, no me espantara tanto, más las que tienen las cabezas llenas de canas, son más viciosas y más desregladas. Estas cosas engruesan la sangre, y opilan y tapan las venas, como con piedra y lodo. Y aunque les juren, que las mata (como lo ven) no hay en enmendarse, ni reparan las pobres que pecan mortalmente.

Tampoco fue bien visto que las mujeres acudiesen a las representaciones teatrales, y era peor si se celebraran en los templos o conventos, porque se daba lugar a situaciones censurables. Sobre ello Juan de Palafox y Mendoza, en su carta pastoral Para que los curas y sacerdotes no vayan a las comedias, opinaba que en las representaciones teatrales “los hombres están hablando con las mujeres cerca de ellas, y ellas pendenciando entre sí de forma indecente” (1762, t. III: 222). La moral y buenas costumbres se veían afectadas, principalmente, si se efectuaban comedias en edificios religiosos, pues en los teatros “en los cuales la vergüenza misma ha separado a los oyentes, no pueden hablarse las mujeres con los hombres, y hay aposentos divididos; pero en las iglesias […] todo es confusión y pecado, porque están sin división alguna, arriesgados a las indecencias y ofensas de Dios” (1762, t. III, n. 38: 223).

La presencia de la mujer en el teatro para los escritores novohispanos fue negativa. Y Palafox incansablemente expuso los males que les provocaba, los cuales se incrementaban si veían comedias “porque desenfrenan todos los apetitos sensuales, y allí bebe su veneno el alma […] y cobran fuerzas los vicios”. El teatro, a su juicio, era el peor lugar donde una mujer podía estar, pues “¿Qué cosa hay allí, que sea piedad y religión? Ver hombres enamorando, mujeres engañando, perversos aconsejando y disponiendo pecados, sin duda es cátedra en donde se enseñan las maldades, en donde a la casada la advierten cómo engañará al marido; a la doncella a sus padres” (1762, t. III, n. 4-5: 207-208). Los males que la mujer adquiría a causa del teatro, Palafox los resume así:

El teatro es un lugar impúdico, infame y vil, donde tiene su magisterio el Demonio […] por ser el consistorio, y tribunal de las deshonestidades, donde sólo es bueno lo que en todas partes es malo, […] y es bueno lo que en todas partes es malo, porque el adulterio, que en las plazas se castiga, allí se alaba […] los amores que en todas partes se reprimen, allí se solicitan y aplauden; las traiciones que en todas partes se aborrecen, allí entretienen y divierten; las mentiras, que en otras partes son feas, allí son apreciables y graciosas; finalmente, lo que es delito en la calle, es allí magisterio y alabanza” (1762, t. III, n. 7: 209).

Nuestro obispo estuvo tan convencido de lo pernicioso que eran estos gustos que en el Discurso cuarto. Breves documentos de la perfecta casada, afirma: “De las comedias en el teatro, claro está que ha de huir la buena casada […] son instrucciones torpes del enemigo, batería de honestidad, ruina de toda virtud, peste de la gracia y de todo ornamento de las almas” (1762, t. III, n. XXII: 510-511). Pero Juan de Palafox no sólo prohíbe a las mujeres la asistencia a estos actos; también leer, pues comenta:

Quien no fuere a las comedias, tampoco debe consentir libros de ella en su casa, que esto sería de igual, o de mayor daño, que aquello, pues los libros de este género son un secreto veneno, que va emponzoñando las mujeres que los leen, y comenzando inocentes, acaban perdidas (1762, t. III, n. XXII: 510-511).
Las comedias, como se han reducido a impresiones, y se pueden leer por los ausentes, no hay doncella tan retirada, ni casada tan guardada, que no pueda beber y morir a este veneno, y así inflaman la imaginación y oscurecen la razón y de esta ruina se han visto grandes y deplorables ejemplos (1762, t. III, n. 30: 218).

Una estrategia muy habitual utilizada para evitar la asistencia de las mujeres novohispanas al teatro fue la amenaza del castigo divino; por ejemplo, Palafox citaba el caso de “dos cristianas que entraron en el teatro, y que una estando en él se le entró el demonio en el cuerpo y salió de allí endemoniada […] y la otra mujer, la noche del mismo día que entró en el teatro le mostraron una mortaja y dentro de cinco días murió” (1762, t. III, n. 9: 210).

Varias son las descripciones y críticas del actuar de las mujeres en el discurso novohispano; en él se juzga y desea controlarla, se le dan consejos y pautas para su comportamiento. No obstante, tal insistencia nos hace pensar que, a pesar del esfuerzo por controlarla, un número considerable de mujeres continuaron saliendo constantemente a paseos o fiestas, nunca hicieron de lado su arreglo, participaron en el mundo cultural y social que las rodeaba y no fueron detenidas o coartadas. Finalmente… fueron mujeres.

Referencias

  • Ezcaray, Antonio. Vozes del dolor, nacidas de la multitud de pecados, que se cometen por los trages profanos, afeytes, escotados, y culpables ornatos, que en estos miserables tiempos, y en los antecedentes ha introducido el infernal dragón para destruir, y acabar con las almas, que con su preciosísima sangre redimió nuestro amantísimo Jesús. Sevilla: Imprenta de Thomás López de Haro,1691.
  • Farfán, Agustín, Tratado breve de medicina y de todas las enfermedades. México: Imp. de Pedro Ocharte, 1592.
  • Juan Bautista, fray, Advertencias para los confesores de los naturales. Traducción, presentación y notas de Verónica Murillo. México: Novanispania-Porrúa, 2012.
  • Martínez de la Parra, Juan, Luz de verdades católicas. Madrid: Joaquín Ibarra, 1789.
  • Palafox y Mendoza, Juan de, Obras del Ilustrísimo, Excelentísimo y Venerable Siervo de Dios Don Juan de Palafox y Mendoza. Madrid: Imprenta de Don Gabriel Ramírez, 1762.