Presentación

Los "senderos" de la filología

 

El estilo que pienso guardar será breve, compendioso, llano, y el más claro que yo pudiere.

Fray Fernando de Valverde, Vida de Jesu-Christus

 

¿Qué es un proyecto de “divulgación” en primera instancia sino una iniciativa de popularización, un de-volver al “pueblo” o al vulgus latino sin que necesariamente, como se dice de ordinario, se caiga en la “vulgarización”– el saber consagrado de las élites que se produce al interior de esos santuarios del conocimiento que llamamos universidades, institutos, centros de investigación? Si tomamos divulgación en un sentido amplio (“extender, esparcir alguna cosa, diciéndola a muchas personas y en muchas partes”, dice el Diccionario de autoridades), no basta con la inercia pasiva de colocar la investigación al servicio de lo público, o como se dice en el moderno lenguaje editorial, “publicar”. Supone relacionarse con un afuera bajo la modalidad activa de una pedagogía que se instrumenta algunas veces de modo vertical, según el modelo de la doctrina; otras horizontalmente, buscando en sus resonancias un germen de fecundidad o la implantación de esa “semilla del conocimiento” presente en metáforas como seminario o diseminar. Sin agotar su mirada al “gran público”, divulgar incluye también una apelación (o inter-pelación) a una misma comunidad más allá de los muros institucionales y las fronteras nacionales o lingüísticas en las que determinado conocimiento es producido. En este sentido incluye lo que autores como Antonio Pasquali matizan con conceptos como difundir o diseminar, es decir, además de la transmisión “al gran público, en lenguaje accesible, descodificado” (1977: 136), se trata de una operación que propone “mensajes que pueden ser aprovechados tanto por pares o especialistas en el mismo sector […] como por profesionales de otras áreas” (1977: 136-137).[1]

Podemos distinguir al menos tres o cuatro niveles de comunicación: a) la que se ejerce con fines instructivos, pedagógicos o ilustrados, sobre un “gran público” entendido como una “masa informe” en condiciones de ser moldeada o influida de alguna manera; b) la que transmite los avances de la labor investigadora al interior de una misma comunidad académica pero fuera de los márgenes de la institución; c) la que, mediando entre estas dos, combina la actitud pedagógica de la enseñanza con el saber académico especializado, buscando ser una fuente más de (in)formación para los estudiantes universitarios; por último, d) la que dirige los contenidos y quehaceres de una disciplina más allá de las fronteras de su propia comunidad, tanto al exterior pero sobre todo –para nuestros propósitos– al interior de la propia institución. 

    Estos cuatro niveles resumen los objetivos centrales de Senderos Filológicos, como revista de divulgación dedicada a los contenidos académicos, los saberes y los discursos que emanan o se producen en el Instituto de Investigaciones Filológicas (iifl) de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Conformado por cinco centros y tres seminarios de investigación, con una nómina de cerca de 180 académicos repartidos proporcionalmente en cada uno de ellos, además de ser el instituto más grande de todos los que integran el Subsistema de Humanidades de la UNAM, es por mucho –y quizá sea la palabra que mejor lo defina– el más diverso: el Instituto entero es una muestra variopinta de unidad en la diversidad, que sin embargo guarda un referente claro de identidad institucional en el concepto de filología. ¿Pero cómo entiende “filología” cada uno de tales centros? ¿De qué forma regula o configura su práctica disciplinaria? ¿Cuál es la perspectiva filológica mediante la que conciben, afrontan o intentar dar respuesta a determinados problemas?

    Como se dijo líneas atrás, Senderos Filológicos busca construir ese canal de comunicación sobre la base de temáticas específicas –siempre ligadas con la filología– que funcionarán en cada número como puentes o caminos de convergencia donde pueda verse esa multitud de perspectivas de manera articulada. Como su nombre lo indica, se trata de un canal, una vía, un tránsito en flujo constante que busca conectar los distintos entornos en que “se mueve” o “tiene que ver” el fenómeno de la filología, rastreando esas “huellas” que conducen a la lengua y que se van moldeando al caminar. Cada entrega estará basada en un número monográfico o monotemático-pluridisciplinario, que muestre a la vez “unidad” y “diversidad”, respectivamente, en la generalidad de los temas y en la especificidad de perspectivas y respuestas. Además de intentar servir de puente a los distintos quehaceres discursivos que proliferan en el IIFL –lo que representa la “cara interna” del proyecto–, busca fortalecer (o recrear) los pasajes de conexión hacia afuera, tanto por medio del “envío de mensajes” a las respectivas comunidades disciplinares acerca del “estado del arte” que guardan los esfuerzos investigadores del Instituto, como de virar al “gran público” –incluido en él sectores estudiantiles– para que con su presencia e interés siga alentando tales esfuerzos.

   El tema de este primer número se inspira cabalmente en el concepto general de la revista. Se trata de pensar los “senderos”, los caminos, los entrecruces, las fronteras, las relaciones de la filología con la topografía, con la hidrografía –las rutas fluviales, los ríos, los mares–, con la urbanística –la calle, el parque, la plaza pública–… espacios de tránsito, entrecruces o escenarios de confluencia que puedan ser vistos como auténticos “senderos filológicos”. En tanto símbolos por excelencia del afuera (cuyo concepto define por esencia el arte de la divulgación), estos temas buscan representar la idea de “sacar” estos saberes de su nicho institucional y ponerlos en relación con “el otro” y con “lo otro”: el otro como receptor o destinatario del mensaje “divulgado”; lo otro como lectura del espacio y posibilidad de relación en el entorno del anonimato. ¿Qué significa, por ejemplo, un espacio como la calle para nosotros, estudiosos de la filología y a la vez habitantes de esta ciudad? Siguiendo a Marc Augé (2000), más allá de un mero desplazamiento territorial a otro “lugar antropológico” en el que anidar la reflexión, se trata –insistimos– de pensar en esa dimensión de tránsito, de cruce o frontera, mediante el que los individuos construimos nuestra identidad paradójica bajo una experiencia de permanente desarraigo: en el frenesí de nuestro andar cotidiano, al interior de esos “habitáculos” temporales en que nos desplazamos –los carros, los vagones subterráneos– obedeciendo las señales de tránsito; en la convergencia fugaz de los aeropuertos, nodos de una bulliciosa pero solitaria colectividad; en la experiencia del recorrido en los supermercados; en la interacción con las terminales de pago o los cajeros automáticos… La experiencia de lo otro nos lleva en primera instancia al universo del texto: “no-lugares” que son como “palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego de la identidad y de la relación” (Augé, 1992: 84). Se trata, por un lado, de un “espacio de anonimato” en que se interactúa mediante textos, fragmentos del lenguaje disponibles en una especie de “territorio retórico” (nosotros podríamos decir: “filológico”) donde los individuos se reconocen en su aislamiento cotidiano. Pero por otro, se trata también de uno de los mayores reductos de libertad para la creación permanente de lenguajes, escenario de codificación y sobrecodificación, susceptible de apropiación o de toma: escenario de protesta, de carnaval o de fiesta, experiencia eminente de la colectividad que en ese mismo anonimato encuentra no las heterotopías silenciosas sino la utopía contestataria o festiva llena de significados por descifrar.

    Desbordando el presente, remontando esa historia insondable de tradiciones textuales, ¿cómo reconstruir la relación con ese tipo de espacio a partir de las huellas o testimonios dejados por las diferentes culturas que conviven en ese intrincado mosaico de la historia lingüística y cultural que representa el Instituto de Investigaciones Filológicas? ¿Cuáles son los estímulos que en cada caso dibujan ese escenario de confluencia cotidiana –el sacerdocio, el comercio, el juego, la democracia, la fiesta– y perpetúan su presencia en la escritura? Este número busca compartir las experiencias de lectura de cada una de estas comunidades con la conciencia lega de una sociedad probablemente deseosa de conocer qué es lo que algo tan inmediato, tan directo y cotidiano, le evoca a la mirada especializada de la lengua retratada en la historia, representada por las voces de esos especialistas que en su nombre hablan, y que sobre ella siempre tienen algo que decir…

 

 

Alejandro S. Shuttera

 

 

Referencias

 

Augé, Marc, Los no lugares. Espacios del anonimato. Por una antropología de la sobremodernidad. Traducción de Margarita Mizraji. Barcelona: Gedisa, 2000.

Benjamin, Walter. Libro de los pasajes. Traducción de Luis Fernández Castañeda, Fernando Guerrero e Isidoro Herrera Baquero. Madrid: Akal, 2005.

Calvo Hernando, Manuel, Divulgación y periodismo científico. Entre la claridad y la exactitud. México: Universidad Nacional Autónoma de México-Dirección General de Divulgación de la Ciencia, s. a. (Divulgación para Divulgadores).

Pasquali, Antonio, Comunicación y cultura de masas. Caracas: Monte Ávila Editores, 1977.

 

[1] Pese a la aparente amplitud del término, no obstante, encuentra sus límites en lo que suele ser llamado comunicación científica entre pares, cuyos canales por excelencia son las revistas académicas o científicas arbitradas (estas sí, dirigidas exclusivamente a los pares).