Ensayo

Yo sólo sé que no sé nada de fútbol

 

 

M. Miroslava Salcido

Centro de Investigación Teatral "Rodolfo Usigli"

Centro Nacional de las Artes

 

Por primera vez en una vida más o menos larga de escritura me siento ante una máquina y no sé qué escribir. Reconozco mi ignorancia, nunca he sido más filósofa que ahora que tengo que hablar sobre fútbol. Sobre la vida que se juega en la cancha no conozco más que experiencias, desconozco las reglas, los términos… Sólo sé que ahí, en el ahínco de hacer transitar a patadas el esférico por un espacio determinado con el objetivo de cruzar el arco del equipo contrario, pareciera que va de por medio la vida. Recuerdo a mi padre y mis hermanos festejando un gol de las Chivas o lamentándose de un penalti que condenó a su equipo al fracaso. Creo que es ahí donde he escuchado los insultos más retóricos, los más barrocos. El único partido al que he asistido fue al de un memorable Mundial en México, donde el equipo nacional quedó fuera por el penalti fallido de Hugo Sánchez. Rodeada de una multitud que al inicio del juego cantó el himno nacional con la fuerza de una ópera wagneriana, fui testigo –y partícipe– de una euforia que remató en gruesas lágrimas y lamentos cuando la selección mexicana fue eliminada del Mundial en su propia casa. En la cancha futbolera, en el poder de los cuerpos que se enfrentan, en la moneda lanzada al aire cuando el balón inicia su recorrido pedestre, en los desmayos y vítores de mi familia masculina, adoradora de las Chivas –ese “rebaño sagrado” cuya inmolación hace posible la continuidad de la vida–, se escenifica por 90 minutos el agon trágico: sí, señoras y señores, el futbol puede permitir a una filósofa del teatro pensar que en la cancha se juega el ser, concebido por Parménides como Uno, Inmutable, Perfecto, Eterno y… esférico. Sin embargo, pese a que lo que ronda por la cancha es la forma más perfecta de desplazamiento, la forma mítica, el juego del balón futbolero en la cancha está sujeto a un devenir pleno de obstáculos terrenales, orgánicos, voluntariosos y hasta emocionales.

Que el fútbol puede llevarnos a un problema filosófico es evidente si citamos las palabras de Alfredo di Stefano, jugador y entrenador hispanoargentino: “El balón está hecho de cuero, el cuero viene de la vaca y la vaca come pasto. Así que hay que echar el balón al pasto” (Di Stefano, 2000: 25). ¡Ah!, profunda cuestión que me lleva a preguntarme: “Y si el balón es sintético… ¿qué pasa?” Si Parménides llegó a la conclusión de que el verdadero ser es racional, permanente, inmutable, estático (no dinámico), difícilmente puede llevarnos el fútbol a comprender el modelo parmenídeo. En realidad, el fútbol sería para el filósofo de Elea el colmo del no ser: es cambio, opinión aparencial, engaño de los sentidos, máxime si un futbolista grita de dolor, se retuerce en el piso y se convulsiona… sin que nadie le haya siquiera tocado. Hacer como sí… ¡aahhh! he ahí otro problema. En el grito de dolor del futbolista inmaculado, no tocado, la cancha se convierte en escenario en el qué actuar, en el qué mirar y ser visto. Y ni qué decir de los “partidos arreglados”, donde, sin lanzamiento de dados, se escenifica la fortuna. Para pensar qué sucede en la cancha –donde vemos en el enfrentamiento de los héroes del pueblo la escenificación de la pregunta spinoziana: “¿qué puede un cuerpo?”–, recurramos a Heráclito, el filósofo afirmador del juego del cosmos, del polemos como principio de la physis, cuya visión del mundo Nietzsche identificó con la “versión filosófica” de la tragedia griega: intentemos dilucidar lo que de trágico hay en un deporte que, despertando las más altas y bajas pasiones, provoca los gestos y dolores de tremendas anagnórisis y peripecias.

Heráclito no descubre en el “terreno de juego” que es el cosmos nada que persevere en el ser, nada que esté exento de la destrucción. El triunfo de un equipo depende de la aniquilación en batalla del otro; como dijo Jean Paul Sartre: “en el fútbol todo se complica a causa de la presencia del equipo contrario” (Sartre, 1963: 153). Si la tensión entre opuestos es la que garantiza la coherencia, la estabilidad del mundo en un “reposo inestable”, no hay nada más desestabilizador del cosmos agónico que el empate. Debo, no obstante, confesar que no he detectado en ninguno de mis maestros en la academia que el fútbol les signifique una escenificación del agon trágico de Heráclito. Nada más lejos: a propios doctores los he visto caer de rodillas por razones sumamente terrenales. Adiós a la “compostura académica” cuando de un gol se trata. Ahí, muchos de ellos son sólo hombres que babean, lloran, se estremecen… (ojalá pudiéramos inyectar algo de ese pathos, una dosis de esa sangre, un ejercicio del fuera de lugar, sin partido ni enajenación de por medio, en la forma de escribir y vivir en nuestra lengua, en la historia, en la filosofía).

No podemos afirmar, según observamos en los hechos, que el fútbol nos lleve a la clarividencia de la ceguera trágica. Antes bien, podemos identificar que lo que se juega en la cancha es muchas veces, en una cultura donde los medios masivos de comunicación llevan la batuta, el entretenimiento y la continua distracción del pensamiento. Pensemos, sin embargo, desde un ideal que nos permita construir una bella apariencia más allá de la realidad deleznable de que el futbol, no como deporte sino como espectáculo, es “pan y circo” para el pueblo.

En su Poética, Aristóteles define a la tragedia como la representación de una acción cuyo cambio de fortuna es provocado por un error cometido involuntariamente por el protagonista (hamartia). El cambio es usualmente catastrófico, una transformación de la acción en su opuesto. El universo de la tragedia es un universo contradictorio en el cual el hombre es a la vez un ser lúcido y cegado. En el Edipo Rey, podemos ver el juego complejo de conflictos, las inversiones y ambigüedades, los oráculos y los enigmas que señalan pero no dicen y, sin embargo, son siempre certeros. La paradoja de Heráclito, en la que ser y no ser son uno y lo mismo, es la misma a la que Edipo está sometido: él es al mismo tiempo salvador y mancilla abominable, descifrador de enigmas y enigma para sí mismo, clarividente y ciego, amado por su pueblo y luego expulsado. Andrés Escobar, quien fuera futbolista emblema del equipo de Colombia, aplaudido y venerado, fue víctima de la fortuna cuando metió un autogol en los últimos minutos del partido contra Estados Unidos en el Mundial de Fútbol de 1994. El error le costó a Colombia la eliminación del torneo. Una semana después, el vitoreado futbolista fue asesinado por un fanático, quien justificó su hybris asegurando que Escobar había derrumbado “una de las mejores selecciones cafeteras que había existido”, según declaró –palabras más, palabras menos– a la prensa de su país a pocos días de haber cometido el asesinato. Vayamos al Mundial de 1986, en México. Ahí sí puedo hablar desde la experiencia propia, desde el “mar del devenir” que inauguró la gran ola de Coca Cola, ese acto multitudinario donde todos nos hicimos hermanos en la “chispa de la vida” y pusimos nuestra fe en el esférico nacional. Hugo Sánchez, ante la expectación de miles, falla el penalti eliminando así al equipo mexicano de la siguiente ronda. Si hasta entonces todo había sido alegría y festejo, el público se convirtió en el trágico coro que gritaba hasta desgañitarse a su futbolista estrella: ¡Hugo tarugo!

El futbolista derrotado

Y valgan también las fallas de Messi y de Maradona, héroes nacionales que podrían ser, después de la veneración, despedazados como Penteo por una horda de fanáticos menádicos. Este cambio de fortuna, en el que los valores positivos truecan por negativos y que en el enigma se unen en lo irreconciliable, es la clave de bóveda de la arquitectura trágica del fútbol. La inversión trágica en la cancha no debe, pues, disociarnos de pensar al hombre. El futbolista que falla, el que es víctima de su propia soberbia y desmesura, el que es vitoreado y luego aborrecido, son ejemplos de una existencia que, sujeta al ritmo de alternancia del cosmos, representa un problema indescifrable ante el cual sólo es posible afirmar: la vida humana no es feliz. Así, leemos al final de Edipo Rey:

<h6="font-family: Gotham, 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, 'sans-serif'; font-size: 16px;" align="justify">¡Ah, descendencia de mortales! ¡Cómo considero que vivís una vida igual a nada! Pues, ¿qué hombre, que hombre logra más felicidad que la que necesita para parecerlo y, una vez que ha dado esa impresión, para declinar? Teniendo este destino tuyo, el tuyo como ejemplo, ¡oh infortunado Edipo!, nada de los mortales tengo por dichoso (Sófocles, 1998: 357).

Pero aquí no todo es caída, señoras y señores que aman el fútbol. El hombre, sujeto siempre a la imprevisibilidad, también conlleva en sí el poder del desafío, el enfrentamiento en el que toman forma sus cualidades más sanas, más potentes, su arete, cuya recompensa son la gloria y el honor aun a costa de la propia vida. Vemos en la tragedia la pregunta por actuar o no actuar y tentar al destino: es esta la gran apuesta trágica, el lanzamiento de dados, la decisión que nos proyectará de lleno al mundo azaroso con un fatalismo gozoso y confiado que revela que sólo lo más inmediato es lo más seguro. El fútbol tiene algo de esta fatalidad y su disposición heroica es señal de un ethos en el que se juega la vida. Como dice Maradona: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha” (en Leguizamón, 2002: 79). La cancha del juego como espacio de la vivencia trágica es el lugar de grandes pasiones, de los emblemas de fuerza, poder, belleza y juventud de cuerpos pertenecientes a la tierra. El fútbol es el deporte que desafía toda seguridad y se enfrenta a su gran peligro: la duda de su indestructibilidad. “Antes del partido –declaró Tarcisio Burgnich, defensor italiano en la Copa Mundial de 1970– pensaba: 'Pelé es de carne y hueso, como yo'. Estaba equivocado” (en Gutiérrez, 2001, s. p.). Alegrémonos porque los dioses también pisan la cancha.

La frustración ante el dios del futbol

No importa cuántas veces pierda nuestro equipo favorito, es la propia derrota lo que nos hace fuertes; en la tragedia, como en el futbol, el hombre se dispone a su grandeza, pero también a su fracaso. El juego del mundo es esa balanza en la que el hombre está expuesto en su existencia a la espesura de la libertad. Y valga recordar en fin las memorables palabras de Albert Camus, pensador, escritor, dramaturgo y portero de la Selección de Argelia [sic]: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol” (en Escobar, 1983: 63).

Bibliografía

    • Di Stéfano, Alfredo, Gracias, Vieja: Las memorias del mayor mito del fútbol. Madrid: Aguilar, 2000.
    • Escobar, Melvin, El loco emprendedor. s.l.: Editora y Distribuidora Multilibros, 1983.
    • Gutiérrez Miguel, Frases de fútbol. Barcelona: Córner, 2011.
    • Sartre, Jean-Paul, Critica de la razón dialéctica. Traducción de Manuel Lamana. Buenos Aires: Losada, 1963.

Te invitamos a ver este divertido video de Monty Python sobre la final entre las selecciones filosóficas de futbol de Grecia y de Alemania, elaborado en el marco de los Juegos Olímpicos de Munich 1972

Video presentado originalmente en el programa de televisión británica Monty Python's Flying Circus, en octubre de 1969. Tomado de la plataforma Vimeo; exhibido en esta publicación bajo los términos de la segunda condición del numeral 2 de sus Términos de servicio: "You are a small-scale production company, non-profit, or artist, in which case you may use the Vimeo Service to showcase or promote your own creative works", así como del acuerdo establecido en el numeral 9.1 de Vimeo respecto a las Licencias para otros usuarios, mediante el que el creador del video "grants all users of the Vimeo Service permission to view your videos for their personal, non-commercial purposes. This includes the right to copy and make derivative works from the videos solely to the extent necessary to view the videos"