Semblanza

Guadalupe Dueñas: el horror y la fantasía, entre la ficción y la realidad

 

Angélica Arreola Medina

Centro de Estudios Literarios

Instituto de Investigaciones Filológicas

 


A Guadalupe Dueñas se le conoce poco y se le ha estudiado menos. Nació en Guadalajara, en 1910, aunque algunos críticos dicen que fue entre 1908 y 1912. En una entrevista que le hiciera Beatriz Espejo en 1969 dijo “provenir de una familia ‘chiflada’”. Su padre, fugitivo del Seminario Conciliar de Guadalajara –contaba la autora– se la pasaba cazando gatos con un rifle “perteneciente a Maximiliano”; luego los cocinaba en enormes cacerolas, que su mujer después hervía y tenía que desinfectar con alcohol.

Fue la segunda hija de un matrimonio católico y tradicional que tuvo 15 hijos: la primogénita María, que murió al nacer, y dio lugar a “La historia de Mariquita”, donde Guadalupe narra que el padre la mantuvo un año en un frasco de chiles que ponían primero en la sala, arriba de la chimenea, luego en la recámara, entre las literas que el mismo diseñó para que cada una de las hermanas tuviera su cama: “En ocasiones quedaba debajo de una cama; otras en un rincón estratégico, pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero” (Dueñas, 1985: 23).

Frasco de "Mariquita". Dibujo elaborado por Tonantzin Arreola, licenciada en Artes Visuales por la Facultad de Arte y Diseño (FAD) de la UNAM.

Cuento "La Mariquita", de Guadalupe Dueñas, en Tiene la noche un árbol

En voz de Kris Durden. Derechos de reproducción cedidos con fines de difusión.

 

 

Con una narrativa contundente, en este cuento Guadalupe Dueñas transita del miedo, ya que “ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de cristales” (26), al fuerte sentimiento nostálgico que sentía de niña:

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que contemplan una jaula vacía… reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía (27).

En la narración, la fantasía que crea Dueñas se entrevera con la realidad del personaje infantil, para crear un mundo subjetivo donde lo natural se mezcla con lo cotidiano.

Dueñas estudió en el Colegio Teresiano de Michoacán, donde estuvo interna, y luego en el de la Ciudad de México, donde casi siempre estaba sola. Quizá por ello sus personajes –principalmente niñas– se encuentran inmersos en el dolor, la soledad y el abandono. Dice el personaje de la niña en el cuento “La tía Carlota”: “Lentamente salgo, huyo a la huerta y lloro por una pena que todavía no sé cómo es de grande […] Siempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio” (8). Una soledad que la acompañó siempre y que puede verse reflejada en la descripción de la araña, su visitante nocturna: “mientras vaga en los espejos mi desnudez desamparada y en mis entrañas secas anida la fatiga, su pupila me descubre y me afrenta con su risa: risa de la congoja de mis labios de plomo, sola como mi lecho, sola con mis palabras” (41).

Personajes truculentos dentro de la narrativa de Dueñas son también los animales; en una especie de bestiario, desfilan “Las ratas”, “La araña”, “Mi chimpanché”, a veces a la espera de la muerte por la crueldad infantil como en “El sapo” y “Los piojos”, donde, mediante el magistral empleo de la prosopopeya, éstos cobran vida y adquieren sensaciones humanas: "Eran piojos sin patria como los albinos. Deseaban ser hormigas, taladrar un nido en las paredes y allí esconder su átomo de vida. Ser al menos piojos corrientes, amarillos o negros, con la piel aceitosa, pero ágiles y alegres y con hogar estable” (71). Entes vigilantes, al acecho, como la tarántula que compraron “Los huérfanos” para matar a sus padres, en el relato del mismo nombre del libro Antes del silencio: “El vendedor tocó el casco velludo demostrando que la bestia estaba viva. Con lentitud se elevó sobre las zancas velludas; por el hocico y los lados aparecieron tentáculos de diversos tamaños, como si abrigara a millones de arácnidos” (12)

La soledad, el terror y la tristeza infantil son sentimientos que permean la realidad de la narradora:

—A mí nadie me quiere! –dice la niña–, nunca me ha querido nadie! —Mi tía grita enloquecida. Empieza a decirme palabras sin sentido. Hasta perdona que Rosario no sea mi madre. Me derrumbo sin sentir lo duro de las tablas. [...] Luego empieza habla que habla. Que tengo los ojos limpios de los malos presagios... que siempre he sido una niña buena, que mi color es de trigo… Pero que por lo que más me quiere es por esa tristeza que me hace igual a mi padre. Finjo que duermo mientras sus lágrimas caen como alfileres sobre mi cara” (13-14)

Guadalupe Dueñas es considerada por la crítica literaria una de las mejores cuentistas del siglo XX. Perteneció al grupo de becarios del Centro Mexicano de Escritores, al lado de Inés Arredondo, Vicente Leñero y Miguel Sabido, éste último, vecino y más tarde su gran amigo. Para entonces, Dueñas ya había publicado Tiene la noche un árbol (1958) en el Fondo de Cultura Económica.

Cuando se conocieron, Pita Dueñas –como le conocían en el medio– le dijo a Miguel: “Oye… becario, ¿que no eres tú el niño que patina enfrente de mi casa?”. Inés intervino: “eres tan mala como uno de los personajes de tus cuentos”. Dueñas contestó con un lacónico “Sí”; y cuando Arredondo la llamó fantasiosa por la historia de su padre que cazaba gatos, Pita, altiva, agregó: “Mis cuentos no son sino un pedazo de mi corazón” (Sabido: 41).

Su ópera prima Tiene la noche un árbol le valió el premio José Ma. Vigil y numerosas críticas positivas de reconocidas plumas como la de Alfonso Reyes, José Luis Martínez, Emmanuel Carballo y María Elvira Bermúdez. Por su temática y estilo fue comparada con escritoras anteriores como Elena Garro y contemporáneas, como Amparo Dávila e Inés Arredondo; con Dávila comparte los temas de horror, y Arredondo, los de la soledad y la locura.

Dueñas había escrito antes Las ratas y otros cuentos, publicadas por la revista Ábside (1954); más tarde, No moriré del todo (1976, Mortiz, en la colección Serie del Volador), y en 1991 Antes del silencio (Fondo de Cultura Económica, col. Letras Mexicanas). Posteriormente escribió Imaginaciones, treintaitrés semblanzas de escritores con quienes convivió, que admiraba e influyeron notoriamente en su obra, de la talla de Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga y Juan José Arreola. Del primero evoca:

Su voz viene del centro de la Tierra, de más lejos, desde metales codiciados, desde el veneno de las piedras preciosas. Cuando habla se anudan relámpagos al cuerpo. No se puede pensar, solo sentir y ver. Su palabra es como el sol entre las nubes, como la lluvia sobre las hojas, como el viento en la milpa, como el humo en las rosas, como el polvo en el camino” (Dueñas: 2017: 220).

Dueñas es poseedora de un lenguaje preciso y de una gran capacidad para describir emociones tan profundas como el dolor; así lo vemos en la imagen desgarradora del sufrimiento del personaje de Asunción, hermana de “El moribundo”, quien no puede ocultar el sentimiento de culpa que le invade con la muerte de éste:

Asunción, la del rencor sin medida, la que nunca quiso olvidar, vomitaba la soberbia de su alma en un infierno de gritos

Y que, al mismo tiempo, trascienden –de manera casi incomprensible– en la niña-narradora:

Me uní a su amor tardío, a sus alaridos de perdón que la muerte sellaría bajo el mármol (Dueñas, 1985: 40).

En su segundo libro, Antes del silencio (1991), sus espacios son las casas vetustas, los solares, los ambientes lóbregos, la noche. La mayoría de sus personajes mueren por enfermedad, son asesinados, se suicidan o son condenados a la soledad o a la ignominia.

La cercanía de la muerte, o más bien, la vida frente a la muerte está latente en la mayoría de sus relatos. En Guía en la muerte la autora nos lleva del miedo al horror y de ahí a lo espeluznante: El guía explica y a la vez es partícipe de la historia de una de las momias de Guanajuato:

A esta señora la enterraron viva… Cuentan que a su primogénito, un niño prodigio que tocaba el violín a los 7 años, un día por descuido le derramó miel hirviente que lo marcó desde el cuello; la quemadura devoró el brazo y hubo que amputar la mano del pequeño artista (Dueñas, 1985: 82-83). Un movimiento torpe hace que la bufanda del guía resbale y he visto una quemadura repugnante que pliega su carne y avanza hasta su cuello […] No resisto más… me adelanto a todos, hacia la vida… Palpo mis cabellos, mis latidos y mi piel ¡todavía vivo! (85)

Luego de ser censora cinematográfica en la Secretaría de Gobernación, “cortaba las escenas de desnudos y solo les dejaba las manitas” –bromeaba–, escribió más de cincuenta obras para la televisión, entonces Telesistema Mexicano, columna vertebral de la actual Televisa; entre ellas varias telenovelas históricas: Leyendas de México, Maximiliano y Carlota, La tormenta, junto a Eduardo Lizalde, entre otras.

En este ámbito, su interés era difundir la cultura y la verdad de la historia mexicana. Más tarde, decepcionada del medio, contaba: “Ernesto Alonso nos ponía a Miguel Sabido y a mí a escribir en las rodillas a inventar escenas y a inflar diálogos… Cuando llegaba un efebo, tenía que incluirlo en la telenovela y vestirlo de hindú porque así se veía divino” (Castro Ricalde: 51).

Este trabajo y su cercanía con algunos presidentes, ya que trabajó con Margarita, la hermana incómoda del presidente López Portillo (“sin recibir remuneración alguna”, aclara), y con la gobernadora de Colima, Griselda Álvarez, quien la llevó al Instituto Mexicano del Seguro Social a supervisar obras de teatro, la alejó de los círculos intelectuales: “Que dirían los exquisitos del suplemento de Benítez [La Cultura en México] si los veían filmando una telenovela. ¡Por Dios! Ya estaban oyendo los regaños y las burlas de Huberto Batis, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Pepito de la Colina o Salvador Elizondo…” (Castro Ricalde: 51).

Sin embargo, fueron los años en que frecuentó los “cenáculos” literarios como el Centro Mexicano de Escritores, las Tertulias del Mate con varios clérigos y los hermanos Méndez Plancarte, y el Taller Literario, presidido un tiempo por Agustín Yáñez, los que marcaron hondamente su literatura.

En “Carta a una aprendiz de cuentos” –con destinataria real– la autora plantea cierta “arte poética”, una especie de manual para escribir cuentos –como lo hicieron Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga y Juan José Arreola–, y proporciona una serie de sugerencias, desde crear una imagen, delinear bien a los personajes y emplear una enunciación precisa:

Señorita escritora, le ruego que abrace el tema como abrazaría a su novio. Fíjese en los accidentes y en las repeticiones […] Pero no se entusiasme con los adjetivos […] si tiene la suerte de encontrar el adecuado este tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo, adelante pues […] Si no hay arritmia en su pulso, si no se han humedecido sus ojos […] olvídese del cuento y la literatura. Afuera hay demasiado sol y puede ser que alguien que ni usted sabe quién es la esté esperando” (Dueñas, 2017: 344).

Dueñas llegó a escribir poesía y una novela que en un principio tituló Máscara para un ídolo y luego Memoria de una espera, que dejó inédita; sobre la novela argumentó que era contra el gobierno y no podía hacerlo en los sexenios de José López Portillo, hermano de su amiga Margarita, y Miguel de la Madrid, pariente de su madre. Es hasta ahora que Patricia Rosas Lopátegui las rescata en las Obras completas, publicadas por el Fondo de Cultura Económica, en 2017.

Cuenta Miguel Sabido que le hablaba por teléfono pidiéndole ayuda porque se le había caído el techo encima: cuando llegó efectivamente se le había caído el cielo raso y con los ojos desorbitados exclamó: “al techo se le desprendió la piel y quedaron esas vigas como esqueleto desollado, ¿verdad?”. En otra ocasión le habló para decirle que un tigre estaba debajo de su cama, y efectivamente había un tigre que su hermano encontró al ir de cacería.

El último libro que escribió Guadalupe Dueñas se tituló anticipadamente Antes del silencio (1991), ya que después de esto dio una fiesta en su casa de la colonia Del Valle, donde se recluyó hasta su muerte, en 2002. , que trata de relatos aún más breves que los de Tiene la noche un árbol y en los que campea la violencia, la soledad, la ingratitud, el sinsentido, el desaliento, el pesimismo, la muerte ocasionada por la enfermedad, el suicidio y el asesinato.

Más tarde, en 2010, se publicó Guadalupe Dueñas. Después del silencio, edición de Maricruz Castro Ricalde y Laura López Morales, donde se rescata parte del mecanuscrito de la novela inédita Máscara de un ídolo.

A Guadalupe Dueñas se le ha estudiado desde el punto de vista de la literatura gótica, se le ha comparado con Ray Bradbury, pero es ante todo por su temática de terror, locura y muerte, tópicos transgresores en la literatura y particularmente en la escritura femenina, que resulta aún más interesante leerla.

La cuentística de Guadalupe Dueñas destaca por su aguda visión del universo íntimo de sus personajes, por su amor al detalle, al adjetivo exacto, por su originalidad temática y por la firmeza con que construye sus narraciones fantásticas, de las que algunas de ellas sobresalen por su magistral uso de la imaginación y la fantasía, en un mundo en el que ningún horror es imposible.

Por eso, al conocerla, José Emilio Pacheco escribió un “Soneto para Lupita Dueñas”, en el que resume la temática y escudriña en el espacio y los personajes del mundo de horror y fantasía de esta autora:

 

La noche tiene un árbol, y en su fronda
se ensortija la luz desamparada;
el roce de la sombra es quieta espada
que vida y muerte con su filo ahonda

Crece la noche viendo que la ronda
un océano de luz petrificada
sapos, momias, araña desplomada,
mientras el mundo busca quien responda

A su reto de muerte y esperanza
infierno y cielo ruedan confundidos
piojos y ratas toman su belleza.

Al levantar un árbol de sonidos.
entre veredas son una maleza
y un haz de cuentos por la magia unidos (Pacheco, 1958: 314)

Referencias

    • Castro Ricalde, Maricruz. “Guadalupe Dueñas: entre la elocuencia y el silencio”, en Maricruz Castro Ricalde y Laura López Morales (eds.), Guadalupe Dueñas. Después del silencio. México: Universidad Autónoma Metropolitana / Universidad Nacional Autónoma de México / Universidad Iberoamericana / Instituto Tecnológico de Monterrey / Universidad Autónoma del Estado de México, 2010, pp. 45-61.
    • Dueñas, Guadalupe. Antes del silencio. Fondo de Cultura Económica, 1991 (Letras Mexicanas).
    • Dueñas, Guadalupe. “Carta a una aprendiz de cuento”, en Guadalupe Dueñas. Obras Completas. Selección y prólogo de Patricia Rosas Lopátegui. Introducción de Beatriz Espejo. Fondo de Cultura Económica, 2017, pp. 342-346.
    • Dueñas, Guadalupe. “Juan Rulfo”, en Guadalupe Dueñas. Obras Completas. Selección y prólogo de Patricia Rosas Lopátegui. Introducción de Beatriz Espejo. Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 220.
    • Dueñas, Guadalupe, Tiene la noche un árbol. Fondo de Cultura Económica, 1985 (Lecturas Mexicanas, 82).
    • Sabido, Miguel, “Pita, la hechicera cotidiana”, en Maricruz Castro Ricalde y Laura López Morales (eds.). Guadalupe Dueñas. Después del silencio. México: Universidad Autónoma Metropolitana / Universidad Nacional Autónoma de México / Universidad Iberoamericana / Instituto Tecnológico de Monterrey / Universidad Autónoma del Estado de México, 2010, pp. 41-44.
    • Pacheco, José Emilio, “Soneto a Pita Dueñas”, Estaciones, 11, otoño, 1958, p. 314.

 

Si te pareció interesante este escrito acerca de esta enigmática y brillante figura de nuestras letras contemporáneas, te invitamos a escuchar el cuento "La tía Carlota", uno de los más sobresalientes de la escritora tapatía:

"La tía Carlota"

"La tía Carlota", en voz de Maga L. Oliveira. Derechos de reproducción cedidos con fines de difusión.