Artículo de divulgación

“¿Qué tienen que ver las armas con las donzellas?”
Las mujeres y los libros de caballerías




Carlos Rubio Pacho

Centro de Estudios Literarios

Instituto de Investigaciones Filológicas


A finales del siglo XVI, el franciscano Juan de la Cerda, en su tratado sobre la condición femenina, dedica un capítulo a las lecturas convenientes para las jóvenes doncellas, pero sobre todo advierte sobre el peligro que entrañan las lecturas profanas:

Si la lectura de los libros de deshonestos amores y cosas vanas es reprehensible en los sacerdotes, que han de vacar al oficio divino, y en los legos, que podrían leer libros provechosos y de gran doctrina, ¿qué diremos de las doncellas que los leen y de los padres que permiten que aprendan ellas y sus hijos en tales libros las primeras letras? ¿Qué tienen que ver las armas con las doncellas, ni los cuentos de deshonestos amores con las que han de ser honestísimas; ni con los mozos, que desde niños los habían de imponer en buenas costumbres, y no darles a mamar ponzoña de donde se les siga la muerte del ánima? ¿Qué seguridad puede tener entre los cuentos de amores la flaca y desarmada castidad, con los cuales poco a poco y sin sentir se inficiona el corazón tierno de la doncella, o del mancebo, y toma la muerte por sus propias manos? (en Suárez, 2010: 57-58).

Evidentemente, estos libros, “compuestos de mentiras y sueños”, no podían ser buenos para las mujeres, pues lejos de inspirarlas a ser honestas y castas, como les correspondía, las incitaban a una vida desordenada. Prosigue el fraile: “leen en estos libros y hallan en ellos un dulce veneno que les incita a malos pensamientos y les hace perder el seso que tenían. Y por eso es un error muy grande de las madres que paladean a sus hijas desde niñas con este aceite de escorpiones y con este apetito de las diabólicas lecturas de amor” (58). Estos libros eran veneno puro para el espíritu, sin duda alguna.

Sin embargo, a pesar de las reticencias del franciscano, las mujeres tenían mucho más que ver con las armas de lo que hubiera deseado, y no únicamente como lectoras, sino también como autoras, como personajes y, actualmente, como estudiosas, según se verá a continuación.

La mujer que lee

De la Cerda no fue el primer censor de la literatura caballeresca que, si bien no se refiere directamente a ella, ¿a cuál otro género podría achacársele aquello de las armas, las doncellas y el amor? Sin duda alguna tiene en mente los libros de caballerías, ese género que se había constituido en el primer fenómeno de best-sellers.[1] Que se trataba de un género ampliamente leído queda claramente demostrado a través de las muchas censuras que conservamos, algunas casi coetáneas de la primera edición del Amadís de Gaula (1508), que se considera el libro inaugural. La mayoría de estas críticas se referían precisamente a lo peligrosos que resultaban en manos de mujeres, pues promovían la deshonestidad y la lujuria, además de ser una gran pérdida de tiempo. Incluso una santa, Teresa de Jesús, da testimonio de lo pernicioso que resulta su lectura:

[Mi madre] era aficionada a libros de caballerías, y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo lo tomé para mí; porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviese en otras cosas perdidos […] Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos, y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento (Libro de la vida, cap. II, en Chicharro, 2014: 139-140).

Esta necesidad de leer libros nuevos de día y de noche traen a la memoria a cierto hidalgo manchego que fue capaz de vender buena parte de su hacienda con tal de allegarse las novedades caballerescas y, una vez perdido el seso, volverse caballero andante. Si bien la santa no se armó caballero sí emprendió una hazaña comparable, pero en ámbito religioso, pues aparte de lo literario, dejó un legado como la fundación de conventos y de una orden religiosa.

No únicamente las doncellas desocupadas y las santas fueron ávidas lectoras; existen también testimonios de que hubo mujeres nobles con esta misma afición; baste mencionar que la reina Isabel la Católica contaba en su biblioteca con ejemplares del Lanzarote del Lago, del Merlín y de La demanda del santo Grial. También algún indiscreto cortesano refirió cierta ocasión en la que el rey Carlos I encontró a su corte, incluida la reina, llorando la muerte de Amadís; otros testimonios abonan también sobre el conocimiento de los personajes y los episodios caballerescos, pues estuvieron presentes como disfraces en los festejos que Germana de Foix organizó en Valencia y en los de Isabel de Valois, esposa del rey Felipe II. Aún más interesante resultan las noticias de la existencia de ejemplares en bibliotecas particulares, como la de Brianda de la Cerda, duquesa de Béjar, pues entre los bienes que deja como herencia se encuentra “Vn libro de Cristialan de españa”, dato revelador, como se verá en el siguiente apartado. Y aunque algunas mujeres eran poseedoras de estos libros, bien cabe la pregunta que se hace Trevor Dadson: “¿Estamos ante la biblioteca de una mujer o ante la biblioteca de un hombre que por avatares del destino ha acabado en manos de una mujer?" (Dadson, 1998: 67).

La mujer que escribe

Si bien la lectura era aconsejable para que las jóvenes mujeres se instruyeran en la virtud, principalmente mediante lecturas piadosas, la escritura, en cambio, les estaba vedada; es más, casi se habrían cuestionado acerca de qué podría escribir una mujer, dadas sus muchas limitaciones. Si acaso, el único espacio que se permitía para la escritura femenina era el convento.[2]

De más está señalar que la escritura de literatura profana y, aún más, de entretenimiento, era impensable; sin embargo, existe un par de testimonios curiosos sobre la posible autoría femenina de dos libros de caballerías. En el Palmerín de Olivia (1511), en un poema latino que cierra el impreso, se afirma que “femina composuit; generosos atque labores / filius altisonans scripsit et arma libro”; esto es, que la obra ha sido compuesta por una mujer pero que su hijo la escribió y armó como libro; en ese sentido, el acto material, el de la escritura, corresponde al varón, pero ha sido una mujer quien la ha imaginado. En la continuación de este libro, dedicado a las hazañas del hijo del héroe, el Primaleón (1512), se vuelve a señalar la autoría femenina: “por mano de dueña prudente labrado; / es por ejemplo de todos notado / que lo verisímil vemos en flor, / es de Augustobrica aquesta labor / que en Salamanca se ha agora stampado”.[3]

Parecería incluso que se identifica a la autora, una tal Augustobrica; sin embargo, el colofón de este mismo libro pondrá en duda la autoría femenina: “Fue trasladado este segundo libro de Palmerín, llamado Primaleón, y ansimesmo el primero, llamado Palmerín, de griego en nuestro lenguaje castellano y corregido y emendado en la muy noble ciudad de Ciudadrodrigo, por Francisco Vásquez, vezino de la dicha ciudad”. Aquí se señalaría que el autor de ambas obras es Francisco Vásquez; así que la atribución a una mujer es tan solo un juego narrativo más, similar al supuesto origen griego del texto. Además, habría que considerar que el nombre Augustobriga corresponde al de un municipio romano y no al de una persona, y que bien pudiera referirse a la ciudad de origen del autor o autora. A pesar, entonces, de tratarse de una mera falsificación, algunas estudiosas han sugerido la presencia de rasgos propios de una escritura femenina; sin embargo, hasta la fecha, no existen datos incontrovertibles al respecto.

Pero no todo es tan desalentador, pues sí se tiene certeza de una obra escrita por una mujer: Beatriz Bernal, la autora del Cristalián de España, uno de cuyos ejemplares estaba en la biblioteca de la duquesa de Béjar. Nacida en torno a 1500 en Valladolid, fue una mujer de clase acomodada, casó con el escribano Cristóbal de Luzón y, tras enviudar, contrajo de nuevo matrimonio con el bachiller Juan Torres de Gatos, con quien tuvo a su única hija, Juana de Gatos. La primera vez que apareció el libro impreso carecía del nombre del autor; no será sino muchos años después, ya muerta Beatriz, que su hija, en una declaración jurada, solicite la reimpresión de la obra, alegando la autoría de su madre, por lo que finalmente se reveló la identidad de quien

[d]eponiendo el huso y la rueca para tomar la pluma, doña Beatriz despertó sin duda alguna los recelos de quien ponía en entredicho la oportunidad de enseñar a leer y escribir a las mujeres, y se empeñaba en quitarles de las manos esa arma de doble filo que no siempre sabían manejar. Sin embargo, pese a los interdictos y anatemas de los bien pensantes, el Cristalián de España no solo llegó a las prensas […], sino que en el XVI tuvo los honores de una reedición y de una traducción al italiano (Gagiardi, 2010: 271-272).

Las mujeres de ficción

Si bien es verdad que el caballero se yergue como el verdadero protagonista de todo el género, hay que resaltar que los personajes femeninos son fundamentales para el desarrollo de la trama. Las doncellas son esenciales para la existencia misma del tema amoroso; ellas contribuirán con su belleza y castidad para estimular al héroe a realizar hazañas memorables; lo harán crecer como guerrero y, a la vez, como enamorado. Sin presencia femenina ni siquiera se podría pensar en que el caballero existiera; baste recordar cómo el anciano caballero don Quijote, antes de lanzarse por los caminos de La Mancha en busca de aventuras, se ve precisado a encontrar una enamorada a quien dedicarle todas sus empresas:

—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido[…?] (Quijote I, en Sevilla, 2002: 1)

Si bien pudiera pensarse que se trata de personajes monolíticos, paralizados en la espera de noticias de su caballero, presentan una gran variedad de emociones y, no es poco frecuente, de acciones. Evidentemente, la dama enamorada será la que aparezca con mayor frecuencia, pero a veces, los celos, justificados o no, la harán estallar, como acontece con Oriana, cuando sospecha de la infidelidad de Amadís:

Todo lo más del tiempo [Oriana] estaba sola, pensando cómo podría, en vengança de su saña, dar la pena que merecía aquel que la causara, y acordó que, pues la presencia apartada era, que en absencia todo su sentimiento por scripto manifiesto le fuesse. Y fallándose sola en su cámara, tomando de su cofre tinta y pargamino, una carta scrivió […]
Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, y puso en el sobrescripto: “Yo soy la doncella herida de punta de espada por el coraçón, y vos sois el que me feristes” (cap. XLIV).

Esta furia hará que héroe huya hacia el bosque y viva de manera miserable; solo la reconciliación logrará volverlo a la cordura y a continuar sus hechos heroicos.

Las doncellas serán quienes marquen la ruta de vida del héroe, al principio, la amada, pero también muchas otras mujeres; lo mismo la joven que se acerca a pedirle un don o ayuda, lo que redundará en el mejoramiento o, por el contrario, en su ruina. El héroe también se encontrará con aquella que sólo es mensajera o con una que lo cura; también conocerá a la desconsolada y a la que ha sido acusada injustamente; a quien ha perdido al amado o a la suicida; en fin, tantas como la imaginación de los escritores lo permita. Muchas de estas mujeres de papel carecen de nombre, mientras que otras tienen una personalidad mucho más definida, como Carmela que, enamorada perdidamente de Esplandián, solo será su acompañante y su intermediaria en amores.

Habría también que referirse a los seres femeninos que no pertenecen al mundo cotidiano, sino al otro, el de las gigantas, casi siempre amenazantes, aunque no falta alguna de apacible carácter; a esta misma esfera corresponderían las magas, lo mismo las benefactoras del héroe como Urganda, o peligrosas como Melia.

Consideración especial merecen las virgo bellatrix o mujeres armadas, encarnadas por las amazonas, herencia de la tradición clásica, y por las damas bizarras, mujeres de gran belleza y gran esfuerzo en armas:

Tras ellas venía la fermosa reina Zahara armada toda de unas armas que no tenían precio, porque todas venían sembradas de perlas y piedras de gran valor. Traía sobre ella una ropa de madexas de oro, pobladas de mucho aljófar, tan larg[a] que hasta los pies del gran unicornio en que venía arrastrava, el cual traía una guarnición a manera de paramentos de la misma suerte. El cuerno del unicornio venía todo sembrado de perlas y piedras muy resplandescientes. Ella traía los sus muy hermosos cabellos sueltos, con una corona encima de tanta pedrería que a todos quitava la vista (Amadís de Grecia, 1530, en 2004: 366).

Belleza y valor que encuentra su mejor expresión en el amor que sienten por sus caballeros. Pero a veces la misma belleza puede volverse en contra de la mujer misma, y de la caballería toda, como sucede con Niquea, causante de la muerte de muchos valerosos caballeros y, por lo mismo, razón de su encierro solitario.

En fin, es tan variada la presencia femenina en la narrativa caballeresca que apenas se han podido apuntar algunas de sus variantes.

Las estudiosas de la ficción caballeresca

No podría terminar este breve repaso de la presencia en el mundo de la caballería si no se ocupara de las mujeres que la estudian, aunque apenas se mencionen unas cuantas de ellas.

En primer lugar, habría que recordar a María Rosa Lida de Malkiel, pionera en muchos campos de la filología española, y a quien se debe un valioso panorama sobre la literatura artúrica en la Península Ibérica, insuperable hasta hace unos cuantos años. Digno de reconocimiento es la constante labor de Mari Carmen Marín Pina, quien en sus Páginas de sueño (2011) reunió una serie de estudios imprescindibles sobre el género, muchos de ellos dedicados a temas de mujeres: las lectoras, las doncellas guerreras y, muy recientemente, en un precioso artículo, a las madres y las hijas en los libros de caballerías.

En la senda de la literatura artúrica habría que mencionar a Victoria Cirlot, con un par de libros esenciales: La novela artúrica (1987) y Grial. Poética y mito (siglos XII-XV), de 2014; Paloma Gracia, autora de Las señales del destino heroico (1991) y Luzdivina Cuesta Torre, que lo mismo se ha ocupado de las Aventuras amorosas y caballerescas en las novelas del Tristán (1994), que de las desventuras del caballero Zifar. También habría que mencionar a Nieves Baranda, que se ha dedicado principalmente a la narrativa caballeresca breve y actualmente dedicada a un proyecto sobre escritoras españolas.

Italia cuenta con investigadoras tan destacadas como Anna Bognolo, autora de un estudio sobre la maravilla (La finizione rinnovata, 1997), además de coordinar el Proyecto Mambrino, dedicado a las traducciones y continuaciones italianas; como Elisabetta Sarmatti, quien reuniera las críticas al género (Le critiche ai libri di cavalleria nel Cinquecento spagnolo, 1996) y como Donatella Gagliardi, quien recuperó la vida y obra de Beatriz Bernal. De este lado del Atlántico habría que mencionar a las mexicanas Karla Xiomara Luna Mariscal y Lucila Lobato, especialistas ambas de la caballeresca breve; así como a la colombiana María del Rosario Aguilar Perdomo, quien además de una antología de textos, es editora del Felixmarte de Hircania.

Finalmente, no podría dejar de mencionar a las más jóvenes: investigadoras que comienzan su andadura en estas lides caballerescas pero que ya cuentan con trabajos muy significativos, como Patricia Esteban Erlés, María Coduras o María Aurora García Ruiz, en España, al igual que Andrea Flores, María Gutiérrez Padilla y Rosario Valenzuela, desde México.

Referencias

Para saber más

  • Aguilar Perdomo, María del Rosario, “Las doncellas seductoras y requeridoras de amor en los libros de caballerías españoles”, Voz y Letra, 15, 1 (2004): 3-24.
  • Álvarez Márquez, María del Carmen, “Mujeres lectoras en el siglo XVI en Sevilla”, Historia, Instituciones, Documentos, 31 (2004): 19-40.
  • Lobato, Lucila, Entre el amor y la proeza. La amiga en las historias caballerescas del siglo XVI. México: UAM-Iztapalapa, 2016.
  • Marín Pina, Ma. Carmen, “Amazonas y doncellas guerreras, virgines bellatrices” (pp. 239-263); “La doncella andante y la libertad imaginada” (pp. 265-305); “El público y los libros de caballerías: las lectoras” (pp. 349-375). En Páginas de sueños. Estudios sobre los libros de caballerías castellanos. Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2011.
  • Marín Pina, Ma. Carmen, “Madres e hijas en los libros de caballerías”. Palmerín y sus libros: 500 años. Aurelio González, Axayácatl Campos García, Karla Xiomara Luna Mariscal y Carlos Rubio Pacho (eds.). Ciudad de México: El Colegio de México, 2013, pp. 383-408.
  • Ortiz-Hernán Pupareli, Elami, “Hacia una tipología de los personajes femeninos en los libros de caballerías. (A propósito de la Antología de libros de caballerías castellanos, editada por José Manuel Lucía)”. Tirant. Butlletí informatiu i bibliogràfic de la literatura de cavalleries, vol. 6 (2003), s. p. 

[1]Una introducción al género de los libros de caballerías puede ser el monográfico “Aventuras, caballeros y locuras: la literatura caballeresca”, de la Revista Digital Universitaria, 16, 8 (agosto, 2015).

[2]Fundándose en la Epístola a los Corintios (Cor. 1, 9-15), “a la mujer se le prohibe predicar, lo que se traduce, posteriormente en enseñar, escribir o incluso, opinar en un lugar público” (Trujillo, 2009: 62).

[3]Los subrayados en negritas en el presente artículo son míos.