Ensayo

Entre lo perdurable y lo efímero. Daniel Bensaïd:  una poética del asfalto parisino

 

Luis Francisco López Santillán

Posgrado en Letras

Universidad Nacional Autónoma de México

 

Mis pasos en esta calle
resuenan
en otra calle
donde
oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde
sólo es real la niebla.
Octavio Paz.

 

 

En un homenaje a raíz de la muerte de Daniel Bensaïd (1946-2010) celebrado en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, el sociólogo Philippe Corcuff definió a su colega y amigo como un pensador que “construyó una filosofía política melancólica, preservando en el corazón mismo de la escritura filosófica, hermosas tonalidades literarias” (2010: 9). La Real Academia Española define la melancolía como una tristeza vaga, profunda y sosegada, elementos que sugieren en este caso la imagen de un espíritu volcado hacia lo romántico. Tal vez sea esta la intención de Corcuff, al definir el pensamiento (y el carácter) de su camarada. En la obra de Bensaïd –siguiendo esta lectura– la melancolía puede considerarse una categoría filosófica, un filtro por medio del cual el pensamiento se materializa en la escritura. Esta melancolía concordó sin contradicción con “una intensa alegría de vivir y un gran calor comunicativo” (Corcuff, 2010: 16) a pesar de que el filósofo experimentaba con viveza la conciencia próxima de la muerte, pues contrajo sida a finales de los años ochenta. En su autobiografía Une lente impatience (Editions Stock, 2004) el pensador francés alude a este amargo padecimiento. No obstante, Bensaïd vivió poco más de veinte años. La muerte lo sorprendió a los sesenta y cuatro años de edad.

Profesor de la Université Paris 8 donde enseñó un “marxismo radiante” (Corcuff, 2010: 17) y fundador-director en 2001 de Contretemps. Revue de Critique Communiste (en circulación hasta la fecha),[1] el filósofo fue influenciado vivamente por la obra de Walter Benjamin (1892-1940) –quien prefirió el suicidio antes de caer en manos de los nazis durante la ocupación de Francia–. Su obra es un constante diálogo con Karl Marx, Pierre Bourdieu, Jacques Derrida y Michel Foucault. Pero sobre todo, este pensador francés fue

antes que filósofo, un militante revolucionario. […] Participó en la fundación de la Juventud Comunista Revolucionaria en 1966, en el Movimiento del 22 de Marzo en 1968 (movimiento que desencadenó el Mayo [del] 68 estudiantil en la Universidad de Nanterre), en el de la Liga Comunista en 1969 –convertida en Liga Comunista Revolucionaria en 1974–. La Liga Comunista y La Liga Comunista Revolucionaria estaban vinculadas con la IV Internacional de inspiración trotskista. Él desempeñó funciones dirigentes en el seno de la IV Internacional en los años 1980. En su último periodo, Daniel Bensaïd también acompañó con su entusiasmo la constitución del Nuevo Partido Anticapitalista, creado en febrero de 2009 (Corcuff, 2010: 9).

Bensaïd escribió en 1992 un ensayo con el título “En flânant sur les macadams” (vagando por los pavimentos) con motivo de una exposición de carácter “insólito” que presentaron los artistas Arlette Barry y Rico (Henri Lajous) sobre los macadams, que consistía en un collage de diversos objetos encontrados al azar en las calles de los barrios parisinos. Rico, amigo de Bensaïd, pidió al filósofo dicho texto para presentar la exposición. No obstante, éste permaneció inédito hasta noviembre de 1994, año en que Rico murió; entonces el autor decidió publicarlo como homenaje a este “ropavejero” (chiffonnier) “en los albores de la revolución”. (Bensaïd, 1995: 1).

En este texto desarrolló una poética de las calles de París tomando como punto de referencia el pavimento, los objetos y las personas que, al deambular, han hecho suyas estas calles en el devenir histórico. Es una poética de lo efímero y lo perdurable, de pies que marchando en todas direcciones han dejado una huella, un rastro o un enigma. También, desde otro punto de vista, es una crónica de la subversión y las revueltas populares, una apología del espíritu revolucionario y de la reivindicación de los derechos del hombre.

Para el pensador francés, el asfalto se extiende por las calles como una conciencia muda y vigilante, es un río desbocado, una serpiente de mil cabezas. Esta “superficie lisa […] esconde en la misma medida en que muestra” (Bensaïd, 2007: 131), nos recuerda que bajo este moderno pavimento yace la piedra y el adoquín de otra época. El “adoquín asesino” que ha servido como proyectil en la revuelta o se ha utilizado para construir las barricadas civiles en momentos clave de la historia francesa. Para este fin sirvió en la revolución de 1830 que llevó al trono al último rey de Francia, Luis Felipe I, conocido como “el rey de las barricadas”. Sirvió también en la revolución de 1848 (año de la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels) que hizo abdicar a ese rey.

Con la intención de erradicar estas prácticas subversivas, las calles de París fueron pavimentadas entre 1853 y 1870, cuando el barón Georges Eugéne Haussmann era prefecto del departamento del Sena bajo el mandato de Napoleón III. Sin embargo, esta medida resultó un tanto inocua, pues el adoquín tuvo un resurgir rebelde en más de una ocasión.

Bensaïd evoca la figura de Auguste Blanqui (1805-1881), célebre activista, luchador político y revolucionario francés, llamado “L’enfermé” (El encarcelado) por sus recurrentes ingresos a la cárcel. En 1869 escribió sus Instructions pour une prise d’armes (Instrucciones para tomar las armas), donde exalta las virtudes revolucionarias del adoquín parisino, a pesar de la pavimentación reciente efectuada por Haussmann. El adoquín, objeto denso de veinticinco centímetros cuadrados, es “el verdadero elemento de la fortificación provisional” (en Bensaïd, 2007: 132), afirma. Blanqui hace cálculos precisos y matemáticos para proyectar las hipotéticas y reales barricadas. Incluso observa mejores aptitudes y utilidades en el adoquín que en la granada: “los adoquines causan prácticamente el mismo daño y no cuestan tan caros” (132). De este modo, el obrero y el estudiante los pueden arrancar de la tierra como el campesino que cosecha el campo. El adoquín reunido “por arte de magia –arguye Bensaïd– saltando de mano en mano, como contraseñas en este desenfreno pasional de trabajo no asalariado, que se burla del trabajo y vuelve a convertirse en juego” (133) transforma los actos revolucionarios en ejercicio lúdico.

Contra lo esperado por el gobierno, el adoquín renació otra vez en nuevas fortificaciones durante la Comuna de París en 1871 y en el mayo de 1968, hace apenas cincuenta y un años. Así, bajo la superficie del asfalto –como un dragón– el adoquín duerme su sueño milenario; con respiración lenta su vida latente reposa a la espera de ser redimida. Desde una apreciación estética, Bensaïd habla de la irregularidad inherente a este cuerpo sólido que se opone a la regularidad inmensa del pavimento. El adoquín posee una profundidad, un misterio y una textura que el pavimento no tiene, pues es un plano continuo, indiferencia abstracta, hastío agobiante…

Bensaïd juega con las superficies y las profundidades, con lo que el asfalto oculta y lo que muestra de modo evidente. Descifra entonces los diversos y heterodoxos objetos que pueblan su vasta superficie, de tal modo que crea una poética de los objetos “en situación de calle”; perdidos unos, otros fugitivos, desechados los más:

hojas muertas, cerillos, boletos de metro, pasadores y botellas de cerveza, pedazos de hilo, monedas, cáscaras de cacahuate aplastadas, tiros al blanco de ferias, naipes desgarrados durante una partida reñida, muñecas dislocadas por bebés fetichistas, revólveres peludos, relojes de contrabando con el engranaje roto, colillas viejas, jirones de periódico macerados en su maculatura (2010: 135).

Los objetos abandonados a su suerte naufragan en este mar de asfalto, se mueven según el dictamen de los vientos y los transeúntes. Con palabras magistrales Bensaïd escribe: “Hasta donde alcanza la mirada, el pavimento es un osario de la modernidad” (135). Despojados por un momento de su vida útil y de su servidumbre, algunos recobran la vitalidad en las manos del pepenador, el ropavejero o el coleccionista, que al rescatarlos del purgatorio en que reposan, los hacen renacer bajo una nueva significación.

El diario, prosigue el ensayista, tiene dos vidas: la del día de su publicación (novedad total, papel crujiente y tinta fresca) y la otra –determinada por su condición efímera–, la del papel desechable, usado para envoltorio o abandonado en las calles donde se desposa (y se desgaja) con el pavimento. El periódico se adhiere al pavimento como una piel delgada que lo cubre.

Desfilan por las páginas de Bensaïd (y por el pavimento de las calles de París) nombres, multitudes, revueltas, crímenes,[2] procesiones, desfiles y conflagraciones: las numerosas manifestaciones que provocaron el juicio de los anarquistas italianos Sacco y Vanzetti, vistas por los ojos de André Breton; Proudhon y Mallarmé esgrimiendo posturas sobre la prensa cotidiana; Villemessant, fundador de Le Figaro, opinando sobre la noticia baladí; Baudelaire y su afición por las prostitutas, que en consonancia con el diario, venden un placer efímero, “sin pasado ni porvenir, muerto tan pronto como se consume”, bajo el anonimato de calles “patibularias y de pasos perdidos” (2010: 140); Eugène Atget (admirado por los surrealistas) y las fotos de calles y personajes de un París ido, que capturó con su cámara a inicios de siglo XX; los artistas Arlette y Rico recolectando las piezas callejeras de su obra, esqueletos de objetos muertos y huérfanos; Saccard y Nana, durante el Segundo Imperio francés, determinados por su ambición de enriquecerse en Les Rougon-Macquart, de Émile Zola; El pintor Chaïm Soutine precipitado en busca de una gallina desplumada y sin vísceras o un buey de rastro que le sirvieran de modelo a sus obras necrófilas; y hojas muertas tanto de árboles como de periódicos adheridas al pavimento como sanguijuelas…

Y por encima de todos el flâneur: compañía perenne de las calles parisinas (y del mundo). Se opone absolutamente al tiempo productivo y laboral en el que estamos inmersos asalariados, profesores, estudiantes, amas de casa y obreros. Los pasos del flâneur resuenan en el pavimento con otro compás y otro tiempo. La sentencia Time is money carece de sentido. El flâneur derrocha su tiempo porque es rico en tiempo, que posee en abundancia, pues es su bien principal. Es un maestro del ocio y la contemplación; un paseante eterno que con su gesto vital y subversivo vence la lógica del capitalismo, de la acumulación, el consumo y la producción:

El vagabundo permanece […] como un ser flotante, una criatura de entremundos. Sin posición económica ni determinación política precisas, está hecho de la misma manera que los conspiradores profesionales. De la vagancia a la conjura no hay más que un paso (148).

Gran texto el de Daniel Bensaïd, pues con pluma ágil y ligera, entrecruza el análisis filosófico, la valoración política, la intuición poética y la crónica histórica, tomando como centro de su meditación el pavimento: metonimia de las calles de París. Al final de su escrito, el autor retoma las palabras de Walter Benjamin para decir que “las ciudades son campos de batallas” simbólicas o reales (138). Y que “habitar significa dejar huellas” (148). El texto es una invitación para irrumpir en la realidad, intervenir el mundo y desperezar la inercia de los días. Daniel Bensaïd nos invita a tomar las calles como espacio para la revolución, el arte y la vida. Filosofía melancólica la suya que resplandece en el horizonte de lo posible.

Referencias

  • Bensaïd, Daniel ,“Vagando por el pavimento. La ciudad insurgente de Blanqui y Benjamin”, trad. J. Waldo Villalobos, en Acta Poética, vol. 28, núms. 1-2 (Primavera-Otoño, 2007). México. Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, pp. 129-149.
  • Bensaïd, Daniel, “En flânant sur les macadams. La ville insurgée de Blanqui et de Benjamin”, en La discordance des temps. Essais sur les crises, les classes, l’histoire. París: Éditions de la Passion, 1995, pp. 1-6.
  • Bensaïd, Daniel y Corcuff, Philippe, “À contretemps, au carrefour des radicalités”, en Contretemps. Revue de Critique Communiste. Paris: Les Éditions Textuel, núm. 1 (mayo de 2001), pp. 5-9.
  • Blanqui, Auguste, Instructions pour une prise d’armes. L’Éternité par les astres, hypothèse astronomique et autres textes. Paris: Société Encyclopédique Française / Editions de la Tête de Feuilles, 1972.
  • Corcuff, Philippe, “Libre homenaje a Daniel Bensaïd (1946-2010): Travesías melancólicas de ‘juegos de lenguaje’ diversificados”, en Cultura y Representaciones Sociales. Un Espacio para el Diálogo Transdisciplinario. Revista Electrónica de Ciencias Sociales. México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales. Año 5, núm. 9 (septiembre de 2010), pp. 7-41.

[1]El primer número de esta revista (publicado en mayo de 2001), tuvo como titular de portada Le retour de la critique sociale. Marx et les nouvelles sociologies. La presentación de este número inaugural fue escrito al alimón por Daniel Bensaïd y Philippe Corcuff.

[2]Bensaïd escribe: “En la jungla de asfalto, […] perdido en la inmensidad de la superficie urbana, el pavimento es siempre el lugar de un crimen en potencia” (144).

  

Leer el artículo completo, traducido y publicado en Acta Poética en: https://revistas-filologicas.unam.mx/acta-poetica/index.php/ap/article/view/225/224