Reseña

Vicente Quirarte, “Elogio de la calle: la ciudad de México se convierte en personaje, 1847-1860” en Literatura Mexicana, vol. 8, num 1 (1997), pp. 145-188, Instituto de Investigaciones Filológicas – Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Albert Weber Fonseca

Posgrado en Historia, Universidad Nacional Autónoma de México

 

El artículo de 1997 de Vicente Quirarte que antecede a su ya clásico libro Elogio de la calle nos ilustra cómo la Ciudad de México fue representada por las letras de un país recientemente independizado, y cómo de distintas formas empieza a ser mostrada como un ser actuante. En efecto, serán las distintas y muy particulares apariciones que le dieron los escritores decimonónicos a la capital las que nos muestra Quirarte como ejemplos de que ésta puede ser interpretada como un personaje completo en distintas expresiones de novela, poesía, e incluso ensayo en el siglo XIX.

Desde las primeras páginas Quirarte nos introduce de manera novelada al encarcelamiento político del joven Francisco Zarco (1829-1869), que por su fresca y rebelde pluma fue perseguido por la capacidad combativa de sus escritos, y termina siendo apresado por subversivo. Esta recreación novelística, que funciona como una introducción general al texto, sitúa al lector en un setting específico de sensibilidad, que lo prepara para poderse ubicar posteriormente en distintos escenarios poéticos que el autor nos muestra como ejemplos ilustrativos de la ciudad, personificada a través de sus costumbres, situaciones y vistas más pictóricas. Desde las coplas y sonetos populares de mitad de ese siglo, hasta las representaciones visuales en la litografía de Claudio Linati o Luis Garcés, el autor nos muestra un fenómeno socio-literario tan heterogéneo y polifónico como a la vez centralizador. En esencia, todas las representaciones expuestas, por más distantes que puedan parecer inicialmente una de otra, vislumbran de trasfondo una misma “preocupación romántica por la cultura popular y la exaltación del ciudadano como un individuo que, si bien forma parte de la masa, es dueño de una individualidad irrepetible” (147).

Las visualizaciones que el autor ofrece sobre la atmósfera urbana de la capital durante el siglo XIX son tan cuidadosamente escogidas que logran resonar sin problema en el inventario mental de cualquier poblador actual de la compleja y siempre viva Ciudad de México. “Las calles, edificios y rutas de la ciudad son significantes cuyo significado encuentra exclusivamente el iniciado” (172). Cualquier nativo citadino podrá reconocer esos melódicos gritos comerciales pero informales de los aguadores o las garbanceras, los chiflidos del guardia diurno, más parlanchín que severo o vigilante, así como al perro sin dueño o el mendigo sin patrón, que son conocidos por todos y amparados sólo por algunos. Estas figuras semánticas del paisaje urbano, estos personajes intercambiables que se muestran de modo tan perspicaz, resuenan naturalmente en la literatura y en el imaginario popular casi sin indicio anacrónico más allá de ciertos detalles de presentación, y manifiestan un sentido todavía vigente para el lector contemporáneo. Desde el canto popular hasta la litografía, pasando por la novela corta y el artículo periodístico, los distintos elementos que componen el variopinto imaginario urbano capitalino cobran vida en los ejemplos líricos y literarios mostrados por Quirarte.

El texto nos muestra una ciudad multifacética y polifónica. Representada como opulenta, europeizada y estilística a través de los párrafos de madame Calderón de la Barca o de Marcos Arróniz, pero también pobre y aventurera si se le ve desde los trazos más realistas y socialmente conscientes del mismo Zarco o de Juan Díaz Covarrubias. Resulta así balanceado todo el espectro ilustrativo que Quirarte nos muestra sobre unos escritores distintos y apartados entre ellos, pero no por eso menos enfocados en representar de manera auténtica para sí mismos y para otros una realidad social y urbana que les fue dada con la misma suerte. El mérito del artículo recae, así como Quirarte mismo resalta de las primeras litografías de 1828 de Claudio Linati, en demostrar que a una ciudad se le debe de representar fundamentalmente a través de sus habitantes.

El escritor

Las situaciones demostradas por Quirarte nos hacen vislumbrar unas ejemplificaciones de la ciudad fascinantes, que nos proyectan hacia temporalidades no sólo mostradas en el periodo que trata el artículo (1847-1860). El fenómeno de la representación de la ciudad llama la atención en distintas manifestaciones hasta décadas posteriores. La decadencia y cinismo conscientemente mostrado en la etapa última de Zarco nos hace recordar a la malinterpretada y violenta pluma del joven Bernardo Couto; del mismo Zarco, su fascinación e identificación personal con el personaje heroico y detectivesco de Jean Valjean nos remonta hasta la literatura popular del siglo XX en Rafael Bernal y el mítico detective chilango Filiberto García (antiguo matón y verdugo durante el conflicto revolucionario); la misoginia y xenofobia inherentes a las coplas y sones populares durante la Guerra del '47 se muestran manifestantes de una idiosincrasia temporal de la misma forma que en algún momento la vacilona y pícara letra de Rodrigo González reflejará, desde una voz esencialmente contracultural, lo absurdo y sinsentido de una realidad urbana llena de intolerancia, desigualdad económica y malestar generalizado.

Uno de los casos más interesantes presentados por Quirarte es justamente el de Díaz Covarrubias, que a su vez presenta elementos que pueden resultar un rastro anterior de representaciones contemporáneas de la ciudad con el mismo objetivo de representación. La recreación de la rutina cotidiana de estudiante universitario pobre en el personaje de Miguel viviendo en la calle de Santa Catarina o el opulento desayuno del señorito burgués Isidoro, ambos representados en su novela La clase media, evocan un eco socioeconómico que también es perceptible, un siglo después, en el protagonista adolescente de clase media acomodada llamado Gabriel en La Tumba de José Agustín o en la carencia económica obligada e ideológicamente forzada de algunos de los poetas real-visceralistas como Juan García Madero o Arturo Belano en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La multiplicidad de realidades individuales que presenta la literatura sobre la Ciudad de México sólo hace evidente la verdadera complejidad inherente al deseo de aprehender a una masa social conformada por capas y vertientes tan numerosas como lo son únicas, aunque, como dijimos antes, invulnerables al anacronismo aunque sea en un mínimo nivel.

 

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