La conciencia histórica de los antiguos mayas
Garza Camino, Mercedes de la


isbn: sin número

medidas: 21 x 13 x 1 cm

páginas: 142 pp.

clasificación bibliotecas UNAM: F1435 H5 G36

ubicación Biblioteca Rubén Bonifaz Nuño: ZZA.4 CEM 11

edición: 1a. ed.


resumen:

En esta investigación la autora muestra que existió una señalada preocupación por el registro de los acontecimientos pasados entre los mayas, y analiza esta actividad en su esencial relación con la ciencia del tiempo y con el humanismo en el arte, para saber cuál fue el grado de reflexión sobre el pasado al que llegó el maya y si es válido realmente llamarlo conciencia histórica.



editor:
Centro de Estudios Mayas, Instituto de Investigaciones Filológicas; Coordinación de Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México

lugar:
México, D. F.

año:
1975

serie:
Cuadernos del Centro de Estudios Mayas; 11

temas:
Mayas - Historia
Mayas - Filosofía
Mayas - Escritura



notas:
Impresión: Imprenta Universitaria, 24 de marzo de 1975.
Fuente: Old Style de 10:12, 10:10 y 9:10 de puntos.
Tiraje: 2 000 ejemplares.
Bibliografía: pp. 131-141.




texto completo de la introducción:

La imagen habitual que tenemos de los mayas es la de un pueblo extraordinario, que se distingue por su arquitectura, llena de dinamismo, libertad e imaginación creadora; por sus relieves en piedra y en estuco, que expresan un predominante interés por lo humano, y por sus cálculos cronológicos y astronómicos, los más avanzados entre las culturas antiguas, que parecen reflejar una actitud que rebasa las meras finalidades prácticas que mueven a otros pueblos.

Así, los mayas, en sus altas jerarquías, se han presentado ante nosotros como artistas y sacerdotesastrónomos entregados al conocimiento de lo divino y del devenir cósmico y, como algo secundario, al conocimiento de los factores que afectaban la vida humana material. Según tal modo de valoración de la realidad cultural maya, con base en la lectura de las fechas y los glifos identificados de las inscripciones, no hay en este pueblo un interés por el hombre, como individuo, ni por la comunidad histórica, o sea, por los hechos humanos en el devenir. Las representaciones humanas en el arte se interpretan como deidades antropomorfizadas o como prototipos del sacerdote, e incluso, los textos indígenas posteriores a la conquista, escritos en lenguas mayances y caracteres latinos, que mencionan acontecimientos del pasado, han sido considerados como meras predicciones astrológicas y no como un afán de conservar el recuerdo del pasado.

Sin embargo, esta imagen de una sabiduría que ignora la importancia de lo humano responde a una visión parcial, no sólo porque se desconoce el sentido total de las inscripciones mayas, ya que no se ha encontrado la clave del desciframiento de la escritura jeroglífica, sino también porque hay numerosos testimonios de que los mayas sí se preocuparon por conservar la memoria del acontecer pretérito: recientes investigaciones epigráficas han mostrado que en los textos mayas hay también nombres de personajes y de dinastías; nombres de lugares, y glifos de acción que indican nacimiento, muerte y conquista, al lado de fechas cuidadosamente registradas y de representaciones humanas individualizadas. Además, las fuentes españolas de los siglos inmediatos a la conquista coinciden en afirmar que los mayas cultivaron el recuerdo del pasado de diversas maneras, desde la simple tradición oral hasta la elaboración de códices e inscripciones donde asentaron los hechos sobresalientes de su comunidad y de sus grandes hombres; estas afirmaciones se corroboran con los textos indígenas posteriores a la conquista que hablan del pasado, los cuales no tienen sólo un significado astrológico, sino que constituyen también un intento de mantener viva la memoria de los grandes linajes mayas, nutriéndose en los antiguos relatos sobre el pasado, y son herederos de la forma de concebirlo que tuvieron los antiguos mayas, según lo manifiestan sus propios autores.

Todo esto significa que los sacerdotesastrónomos mayas, lejos de ignorar su propio pasado como comunidad, se preocuparon simultáneamente del devenir cósmico y del devenir humano, dentro de un contexto peculiar de creencias que los distingue como una cultura original.

Pero también encontramos que este interés por el pasado no fue exclusivo de los mayas, sino que es uno de los rasgos más notables de las principales culturas mesoamericanas, y es necesario no olvidar que la cultura maya participa con ellas de una misma manera de situarse ante el mundo, o sea, de una ideología común que nos permite hablar de una cultura mesoamericana, integrada por diversos núcleos con su propia identidad, que responde a los condicionamientos de cada región y al desenvolvimiento libre de cada comunidad.

Así pues, estamos ante el hecho de que los mayas, en su contexto cultural mesoamericano, tuvieron un marcado interés por avivar el recuerdo del pasado de su comunidad; pero nos falta saber el porqué de ese interés, qué significaba para ellos el pasado, pues aunque nosotros, como miembros de la tradición cultural que se inició en Grecia, espontáneamente lo llamamos historia, sabemos que estamos ante una realidad distinta de la nuestra, de aquella que inventó el término para referirse a una forma de ver el pasado. Por ello creemos que es necesario detenerse primero en una breve consideración del significado de este concepto y, sobre esta base, analizar el interés por el pasado entre los mayas, para saber si se trata realmente de historia.

La palabra historia viene del verbo griego historeo, que significa investigar, inquirir, examinar, observar, preguntar, dar cuenta de aquello que se ha escuchado, y fue aplicada por Heródoto, con el sentido de “narración escrita acerca de lo inquirido”, a su propia actitud hacia el pasado.1 Desde entonces, la historia se ha definido como descripción o investigación del pasado del hombre. Pero también se habla de historia como el conjunto de los hechos pretéritos, por lo que es importante recordar la elemental e indispensable distinción entre “historia” como historiografía o investigación del acontecer pasado del hombre e historia como el acontecer mismo, que sería la manifestación de la libertad creadora del hombre en su cambio temporal.2 Lo que aquí nos interesa señalar es el significado que se ha dado al término “historia” en el primer sentido, o sea, como investigación del pasado, para poder distinguirla del mero recuerdo del pasado, que no implica una actitud especial ante él, sino que se debe a la función natural de la memoria, con la finalidad de saber cómo llamar al recuerdo del pasado entre los mayas.

Varios pensadores contemporáneos han dicho que la historia ha de partir de una previa conciencia del hombre como ser comunitario, de una identidad comunal, y que surge cuando una mente consciente comprende la coherencia de los acontecimientos humanos en conexión y les da un significado.3 Por tanto, “es un tipo de investigación o inquisición”;4 “es el conocimiento del pasado humano”;5 es la narración o explicación de los pasados hechos humanos;6 es establecer, comprender y explicar los hechos humanos;7 es un mirar hacia el pasado con una mente clara y crítica, lo cual requiere un discernimiento entre leyenda y verdad, y una conciencia de los tres componentes de la temporalidad, que en el pensamiento mítico se encuentran fundidos en una eternidad divina.8

Para comprender mejor esta forma de ver el pasado a la que se ha llamado historia, creemos que es importante compararla con el mito, ya que la cultura maya y las otras culturas mesoamericanas nunca abandonaron esta forma de explicación de su aprehensión del cosmos y del hombre, sin que esto signifique que no cultivaran otras.

El mito puede ser considerado como el primer relato histórico, en tanto que en él se narran y explican acontecimientos del pasado humano; pero no es historia, en sentido estricto, porque no hay en él una preocupación por el pasado del hombre en cuanto tal, sino una preocupación por las fuerzas divinas, que trasminan todos los aspectos de la vida. Un ejemplo es la conocida narración del Diluvio, antiguo mito sumerio que fue heredado por los hebreos e incluido en la Biblia; éste mito relata, como bien sabemos, cómo los dioses, o Dios, enviaron un gran diluvio a los hombres para castigar su mal comportamiento, y hoy sabemos que se trata de un hecho real, gracias a las excavaciones arqueológicas en Sumeria, que mostraron la existencia de una gran inundación que sumergió algunas aldeas, hacia 4000 a.C. Los autores del mito no muestran ningún interés en constatar la significación de este hecho natural para la vida comunitaria, ni en señalar la fecha en que ocurrió, porque sólo ven en él la manifestación del poder de los dioses sobre los hombres. No hay conciencia de la acción humana ni del pasado, porque si se tienen los ojos puestos sólo en lo divino no se descubre que lo humano es otro orden, sujeto a la temporalidad, ya que lo divino es intemporal. Así, como dice Cassirer, en el mito:

El pasado, el presente y el futuro se hallan todavía fundidos; forman una unidad indiferenciada y un todo indiscriminado. El tiempo mítico no posee una estructura definida; sigue siendo un “tiempo eterno.”9

En cambio, cuando el relato del pasado pone el interés en los hechos del hombre y trata de asentar la verdad sobre ellos, se registra la fecha en que se dio el acontecimiento, porque hay ya una conciencia del devenir humano. Entonces se ha pasado de la leyenda mítica a la historiografía, ya se puede hablar de historia, o sea, de un registro de los hechos como resultado de una inquisición, de una reflexión sobre el pasado humano. La historiografía parece haberse dado en algunas culturas antiguas, por ejemplo en la asiría, donde hay multitud de textos que relatan la vida y hazañas de los reyes, e incluso sabemos de un rey que reunió en una gran biblioteca todos los textos que pudo encontrar para conocer el pasado de su pueblo: Assurbanipal, el último rey asirio y también el más culto. Pero algunos de los actuales filósofos de la historia que hemos, consultado afirman que la historia sólo se ha dado en la civilización occidental, a partir de los griegos, ya que las demás culturas no inquirieron sobre el acontecer pretérito, no fueron conscientes del pasado, el presente y el futuro, como tres momentos diferenciados del devenir humano, y permanecieron sumidas en una etapa religiosa. Kahler, por ejemplo, nos dice:

Entre las grandes culturas de nuestro planeta, nuestra civilización occidental es la única que ha producido historia, historia explícita y distintamente humana.10

Este autor afirma que el primer pueblo que hizo historia dentro de la civilización occidental fue el griego, porque fue el primero que se interesó por el cambio, y al analizar el saber histórico de los griegos señala que los historiadores creían que los acontecimientos se repetían, por lo que la indagación histórica era pragmática: conocían el pasado para vivir y actuar, y vivir y actuar era estar de acuerdo con un orden cósmico, dentro de la eterna recurrencia.

En verdad, esta concepción era resultado de una indagación acerca del pasado, al que se daba un significado especial, y estaba influida por la actitud científica iniciada por Tales de Mileto. En verdad los griegos, específicamente Tucídides, hacen historia como una nueva y distinta creación humana que busca, como dijo Heródoto:

Que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros,11

y que se hable de los hechos como lo hace Tucídides, quien dice:

No erraría quien quisiese examinar las pruebas que he aportado, admitiendo los hechos tal como los he narrado y no como los muestran las brillantes exageraciones de los poetas, que los adornan para engrandecerlos, ni como los historiadores que mezclan la poesía en sus relatos, y tienden más a lo agradable de oír que a la veracidad.12

Tucídides es el primer historiador que hace explícito lo que considera historia y la finalidad que ésta tenía como conocimiento humano: la búsqueda de la verdad objetiva y racional acerca del pasado, no sólo de la propia comunidad, sino de todas, para que los hombres comprendan su presente.

Por esta conciencia de sus propias capacidades de conocimiento, se ha dicho que los griegos descubren el carácter científico del conocimiento humano; pero esto no significa que ellos sean los primeros que inquirieron en su pasado, que sólo ellos y la civilización que engendraron hicieron historia. La actitud crítica e inquisitiva hacia el pasado que define a la historia puede tener varios grados y modos, uno de los cuales sería el que podría llamarse “actitud científica” hacia el pasado, en la que no sólo se da razón del acontecer pretérito, sino que también se da razón del propio quehacer del investigador, de su método sistemático de investigación. Muchos filósofos actuales afirman que entre los griegos sólo Tucídides tuvo una actitud científica porque pretende asentar la verdad objetiva sistemáticamente y se da cuenta de que su inquisición representa algo nuevo y decisivo; pero ello no significa que Heródoto no haga historia, ni tampoco que en otras culturas no haya preocupación histórica.

Tucídides condena a los historiadores anteriores que emplean un lenguaje poético porque está descubriendo algo nuevo, influido por el pensamiento racional de su época, pero nosotros también hemos descubierto algo nuevo: que los relatos poéticos, incluyendo los mitos, no eran meras fábulas para divertir, sino una manera simbólica de expresar la conciencia del cosmos y la conciencia del hombre que tuvo el mundo antiguo. Hemos creado una nueva actitud hacia el pasado y por eso no es válido en nuestra época afirmar, con Tucídides, ni con ningún racionalismo, que antes o al margen de los griegos el hombre estuvo sumido en la inconsciencia de sí mismo y del mundo, sin que por ello dejemos de reconocer las valiosas aportaciones originales de los padres de la cultura occidental.

Claude LéviStrauss, que ha demostrado que en los pueblos, primitivos existe todo un sistema de clasificaciones, de diferenciaciones, que forman parte integrante de una taxonomía global y dinámica; que ve que magia y ciencia no son opuestas, sino dos modos de conocer, desiguales sólo en cuanto a sus resultados teóricos y prácticos, y que nos habla de una lógica y un verdadero afán de conocimiento, más allá de las necesidades utilitarias, en los pueblos salvajes, nos dice:

Nunca y en ninguna parte, el “salvaje” ha sido, sin la menor duda, ese ser salido apenas de la condición animal, entregado todavía al imperio de sus necesidades y de sus instintos, que demasiado a menudo nos hemos complacido en imaginar y, mucho menos, esa conciencia dominada por la afectividad y ahogada en la confusión y en la participación.13

Así, si entre los pueblos más primitivos se ha encontrado que existe una actitud consciente, un mirar racional, con mayor razón éstos deben haber existido en las grandes civilizaciones antiguas al margen de la griega, por lo que las afirmaciones del pensamiento contemporáneo occidental sobre los orígenes de la historia entre los griegos nos llevan, más bien, a preguntarnos si en verdad todo afán por registrar el pasado entre los pueblos no occidentales carece de algún grado de reflexión sobre él, porque no se parece al griego; si ningún otro pueblo, además del griego, tuvo conciencia del devenir; si no pueden haberse dado otras formas de conciencia del pasado, distintas de la griega, pero dignas de considerarse historia, saber histórico o literal conciencia histórica,14 y si en verdad la conciencia histórica occidental ha estado al margen de la religiosidad en sus diversos momentos, por ejemplo, en la época de la patrística.

Incluso, cabe enfatizar que en la misma civilización occidental, a partir de Heródoto, ha habido varios grados y modos de conciencia histórica, porque la conciencia histórica es ella misma histórica, o sea, que ha variado de acuerdo con las diferentes épocas.

Por tanto, creemos que el afirmar que sólo la civilización occidental ha hecho historia o ha tenido conciencia histórica es una opinión antihistórica, extremista y hasta etnocentrista, como ha dicho Miguel León-Portilla, porque ha desconocido la significación que puedan tener otras formas de recuerdo del pasado, ajenas a la occidental, incluso las que se apoyan en una idea cíclica del acontecer humano, semejante a la griega, como es la maya. No creemos que la preocupación por el pasado en otras civilizaciones pueda descartarse como no histórica, simplemente uniformando a sus creadores con el nombre común de “tribus aborígenes” o “pueblos míticos”, como lo hace Kahler.

Y en relación ya a los pueblos mesoamericanos, tan distintos de la tradición occidental, ¿cómo ha de verse su afán por conservar el recuerdo del pasado, si ni siquiera es mencionado en la moderna filosofía de la historia? León-Portilla, en su indagación sobre la conservación del pasado entre los nahuas, se ha cuestionado estas afirmaciones sobre el origen de la historia y nos dice:

Para el investigador de las antigüedades del Nuevo Mundo, esta conclusión no puede pasar inadvertida. Si asume una actitud crítica, como es de esperarse, ¿tendrá por ello que desechar como no histórico, en sentido estricto, tal vez todos los documentos que pueda reunir, provenientes de los pueblos que estudia? ¿Deberá ver en ellos sólo otra manera de testimonio implícito, como son los demás vestigios que descubren los arqueólogos, pero no el reflejo de una conciencia histórica verdaderamente digna de ese nombre?15

Más bien, la actitud crítica ha de consistir, como lo señala León-Portilla, en preguntarse cuáles fueron los motivos que llevaron al hombre mesoamericano a registrar su pasado, quiénes eran y qué propósitos tenían los que se ocupaban de esto, qué les interesaba rescatar del olvido, dentro de qué marco de creencias realizaron su tarea, para saber si hay en ellos una actitud inquisitiva y reflexiva, o sea, una conciencia histórica, o si se trata de un simple registro de lo que se recuerda, sin ningún juicio acerca de ello.

Las diversas fuentes que hemos consultado nos muestran que los pueblos que integraron la cultura mesoamericana fueron pueblos profundamente religiosos; sus dioses, presentes en todos los aspectos de la vida, influían en el destino de los hombres y fueron protagonistas de infinidad de leyendas mitológicas. Pero estos mismos pueblos también elaboraron textos sobre el acontecer humano, de los que fueron protagonistas los grandes hombres del pasado, y estos textos fueron utilizados para conformar el ser de la comunidad, en vistas al futuro; ¿cómo podríamos llamar a esta forma de identidad comunitaria y conciencia del pasado humano, en su relación con el presente y el futuro? ¿No podría sugerir una conciencia histórica, ya que, además, los acontecimientos registrados se acompañan de la fecha en que ocurrieron?

Como veremos, los textos mayas sobre el pasado, y los textos mesoamericanos en general, constituyen una narración concisa y coherente sobre los grandes linajes y sus hechos sobresalientes, y sobre los orígenes de la comunidad, peregrinaciones, guerras y fundación de ciudades. Para lograr esta narración concisa y coherente es evidente que se han seleccionado del vasto campo de la experiencia pasada los hechos que se consideraron significativos, y esto implica ya una forma de reflexión sobre el pasado, aunque los creadores de estos textos no hayan llegado al grado de dar razón de su reflexión, de su quehacer, como lo hace Tucídides. Por tanto, creemos que es válido considerar como una modalidad de conciencia histórica, o si se quiere, como un grado incipiente de historia, al mero hecho de elaborar este tipo de textos, aunque el sentimiento religioso se halle presente en ellos. O bien, ¿se trata de una actividad que pertenezca a otro género, distinto del de la historia?

Pero, además de los textos mismos, en un grupo mesoamericano: los aztecas, parece haber otros indicios que expresan una verdadera actitud crítica o reflexiva hacia el pasado, como lo ha mostrado León-Portilla, quien habla de una auténtica conciencia histórica en este pueblo. Esto significa que la historia no es privilegio de la cultura occidental, y significa también que otros grupos mesoamericanos, con mayor o menor grado de reflexión, pueden haber realizado historia, en sentido estricto, de una manera original como lo hicieron los aztecas.

Nuestro interés está centrado en el grupo maya, y en este caso particular hemos encontrado que las inscripciones y códices sobre el pasado se dieron en el marco de un señalado humanismo en el arte y de una asombrosa sistematización del devenir, basada en un concepto cíclico, que ha sido llamada, inclusive, “filosofía del tiempo” y que se ha considerado como lo medular de esta cultura, por lo que nuestra principal interrogante ha sido si puede haber un registro tan cuidadoso del pasado, un humanismo tan notable y una conciencia tan clara de la temporalidad, sin una conciencia histórica. Es decir, que en esta investigación nos proponemos mostrar que existió una señalada preocupación por el registro de los acontecimientos pasados entre los mayas, y analizar esta actividad en su esencial relación con la ciencia del tiempo y con el humanismo en el arte, para saber cuál fue el grado de reflexión sobre el pasado al que llegó el maya y si es válido realmente llamarlo conciencia histórica.


NOTAS
1 Liddle & Scott, Greek-English Lexicon, 9 ed., Clarendon Press, Oxford, Londres, 1968.
2 Cfr. Eduardo Nicol, La idea del hombre, Centro de Estudios Filosóficos de la Universidad Nacional de México, Edit. Stylo, México, 1946. Metafísica de la expresión, Fondo de Cultura Económica, México, 1957. Historicismo y existencialismo. La temporalidad del Ser y la razón, 2 ed. corregida, Edit. Tecnos, Madrid, 1960. Los principios de la ciencia, Fondo de Cultura Económica, México, 1965 (Sec. Obras de Filosofía).
3 Erich Kahler, ¿Qué es la historia?, trad. Juan Almela, Fondo de Cultura Económica, México, 1966 (Col. Breviarios, 187).
4 R. G. Collingwood, Idea de la historia, 3 ed., trad. Edmundo O'Gorman y Jorge Hernández Campos, Fondo de Cultura Económica, México, 1968 (Sec. de Obras de Filosofía), p. 19.
5 H. I. Marrou, De la connaissance historique, 5 ed., Editions du Seuil, París, 1966, p. 32.
6 W. H. Walsh, Introducción a la filosofía de la historia, trad. Florentino M. Torner, Siglo Veintiuno Editores, México, 1968.
7 William H. Dray, Filosofía de la historia, trad. Molly K. Brown, UTEHA, México, 1965 (Manuales Uteha, N 285/285a).
8 Ernst Cassirer, Antropología filosófica, 2 ed., trad. Eugenio Imaz, Fondo de Cultura Económica, México, 1951 (Sec. de Obras de Filosofía).
9 Idem, p. 241.
10 Erich Kahler, op. cit., pp. 2930.
11 Heródoto, Los nueve libros de la historia, 2 vols., trad. Bartolomé Pou, Edit. Iberia, Barcelona, 1963 (Col. Obras Maestras), vol. 1, Libro Primero, p. 4.
12 Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 2 vols., trad. Agustín Blánquez, Edit. Iberia, Barcelona, 1963 (Col. Obras Maestras), vol. I, Libro Primero, p. 15.
13 Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje, trad. Francisco González Aramburo, Fondo de Cultura Económica, México, 1964 (Col. Breviarios, 173), p. 69.
14 Aquí el concepto de “conciencia histórica” se está empleando en un sentido amplio y no en el sentido restringido y estrictamente filosófico en el que se emplea para designar la manera radicalmente novedosa de entender la historia a partir de Vico, Herder y, sobre todo, Hegel. (Cfr. Cassirer, Dray, Marrou y Nicol, Obras citadas.)
15 Miguel León-Portilla, La historia y los historiadores en el México antiguo, Discurso de ingreso al Colegio Nacional, 1971 (en prensa).




Citada en:

I Maya fino agli scritti di Rigoberta Menchú e del subcomandante Marcos / Monica Di Girolamo. – 1999. (Tesis Facoltá Lingue e Letterature Straniere, Università degli Studi di Napoli “L'Orientale”

SÁNCHEZ Echenique, Ana Luisa. “La Ciudad de México y la búsqueda de la armonía en el citadino”. Revista Digital semestral Arsdidas, nº 3 (diciembre 2005), http://www.arsdidas.org/revista3/index.html




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